Relaciones Internacionales

El regreso del darwinismo internacional

El presidente de EEUU Donald Trump junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en Mar-a-Lago.
Analista de Relacions Internacionals
2 min

EstambulHace pocos días, paseando por las calles de Estambul, me sorprendía de lo familiar que me resultaba Turquía. Las mezquitas otomanas tenían formas y detalles que habrían encajado perfectamente en Italia; los sabores conectaban con un mundo mediterráneo; los viejos con boina que tomaban tiene en las esquinas podrían trasplantarse a Atenas o Lisboa. En The Ottomans, Marc David Baer defiende que los otomanos fueron claramente un imperio europeo, que participó tanto de hitos como el Renacimiento o la exploración marítima, como de horrores como la colonización y limpiezas étnicas. En el imperio otomano nacieron los cafés que después Steiner diría que representan a Europa; también se creó un modelo de tolerancia –que no de igualdad– religiosa, cuando en Europa se expulsaban judíos o había masacres entre católicos y protestantes. La narrativa de un Occidente cristiano civilizado y un Oriente musulmán barbárico escondía muchos más rasgos en común que diferencias.

Quizás uno de los momentos en que Turquía se ha sentido más asiática fue a principios del siglo XX. En ese momento, un mismo debate intelectual recorría las universidades, los cafés y los círculos políticos y revolucionarios de Estambul, Beijing, Nueva Delhi, Tokio o Teherán. En todas estas ciudades se repetían las mismas preguntas: ¿por qué Occidente nos ha superado y dominado, a nosotros, grandes imperios del pasado? ¿Cómo nos hemos dejado aplastar? ¿Qué debemos hacer para recuperar nuestro poder y dignidad? ¿Cómo ser fuertes y prósperos de nuevo?

La ley del más fuerte

En estas capitales, una idea proveniente de Europa arraigaba en los intelectuales asiáticos: el llamado "darwinismo social", una visión del mundo que decía que sólo las naciones fuertes sobreviven, mientras que el resto son aplastadas y dominadas. Los intelectuales turcos, chinos, indios y persas del momento –como explica Pankaj Mishra en From the Ruins of Empire– veían como gran ejemplo a los japoneses, un país asiático que había derrotado a los rusos en 1905. Los imperios occidentales eran el enemigo, pero, de algún modo, también el ejemplo: tanto los japoneses con su imperio colonial como los jóvenes turcos con sus masacres étnicas buscaban ser fuertes y despiadados, argumentando. Incluso escritores humanistas como el chino Lao She veían el mundo como un patio de escuela donde sólo respondiendo con contundencia podías hacerte respetar.

El mundo puramente darwinista de la primera mitad del siglo XX quedó diluido después de la Segunda Guerra Mundial. El sistema de la Guerra Fría no era igualitario, pero se construyeron normas e instituciones internacionales, relativamente estables y positivas, que a la vez servían en Estados Unidos como red para consolidar y extender su poder –aunque las reglas del juego a menudo eran rotas, especialmente contra naciones más débiles–. Sin embargo, el gran pilar que aguantaba este sistema ha decidido romperlo desde dentro. El Washington de Trump considera que un regreso al mundo darwinista es la forma en que EEUU puede mantener su hegemonía. Los turcos, los chinos, los indios, ya aprendieron qué comporta estar en la parte baja de la cadena trófica. Los europeos, en cambio, andamos desorientados en una nueva y peligrosa realidad.

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