Copa de África, el conjuro de una sola noche
El gol decisivo de la Copa de África masculina de fútbol podría marcarlo un chico nacido en Terrassa: Ismael Saibari. Este domingo por la noche Senegal y Marruecos jugarán una final inédita de esta competición nacida en 1957, cuando sólo tres países eran independientes. Hoy, como entonces, la Copa de África sirve para explicar lo que está pasando en el continente.
Senegal y Marruecos han hecho buenos los pronósticos que las consideraban las favoritas al inicio de la competición. Marruecos fue semifinalista en el último Mundial de Qatar, en el 2022, y se convirtió en la primera selección africana en atravesar el umbral de los cuartos de final. Senegal disputará su tercera final de la Copa de África desde 2019, y despide al líder de esta generación, Sadio Mané, que ha anunciado que ésta será su última Copa de África. Marruecos es el equipo anfitrión y no gana la competición desde hace cincuenta años; Senegal fue campeón por primera vez en 2022 en Camerún.
Ambos equipos son el símbolo de un fenómeno al alza en el fútbol africano: la presencia de jugadores de la diáspora que refuerzan a los jugadores nacidos en los países africanos. Prácticamente la mitad de cada plantilla ha nacido fuera del país que representan. La estrella de Marruecos, Brahim Díaz, nació en Málaga y en el año 2024 decía que no sabía hablar árabe. Once jugadores de Senegal nacieron en Francia y nunca han jugado en ningún club senegalés. Cada vez más, el éxito en la Copa de África está más ligado al número de jugadores que proceden de las principales ligas europeas. Cuando Suráfrica –con poquísimos jugadores en las competiciones europeas– fue eliminada hace unos días, el entrenador del equipo, el belga Hugo Broos, va reclamar a sus jugadores que salieran de Sudáfrica y se marcharan a clubes europeos.
La estrategia de Senegal y Marruecos
Senegal y Marruecos llevan años aplicando este plan a la perfección, y de forma más o menos ordenada: prácticamente todos sus convocados juegan en Europa, y los que se marcharon de África lo hicieron muy jóvenes ya menudo pasando por el trampolín de academias destinadas a la exportación. Marruecos los forma en la Academia Mohamed VI, de la que han salido cinco jugadores de la plantilla, entre ellos Azzedine Ounahi, que esta temporada juega en el Girona. En Senegal, con un fútbol de clubes más débil, el Generation Foot tiene un convenio con el Metz francés, que tiene derecho a llevarse a sus mejores jugadores a cambio de inversiones en infraestructuras. Hasta seis jugadores de la plantilla senegalesa salieron de ahí. Ambos casos resumen los países: Marruecos, controlado por una monarquía omnipotente que, con el fútbol, intenta conectar con una juventud cada vez más inquieta; Senegal, en una relación con Francia de la que nunca se acaba de deshacer, siempre con el sentimiento de recibir una parte muy pequeña de los beneficios. Detrás de la potencia de ambas selecciones se esconde una realidad agridulce: triunfar en la vida implica ir a Europa, y la diáspora –en el fútbol y en la economía– sirve para cubrir las carencias estructurales de ambos países.
En Cataluña, la final se vivirá con mucho interés en las periferias de ciudades como Mataró, Girona, Lleida, Granollers y Barcelona. Para la gente de las diásporas que viven en Europa, ver jugadores nacidos en barrios y ciudades como las suyas refuerza su identificación con las selecciones africanas. Incluso las personas con poco o nada de interés por el fútbol terminan, en algún momento, ante la televisión gritando, saltando o llorando. Nadie quiere perderse una oportunidad poco habitual, un conjuro –un espejismo– colectivo de una sola noche: ver el nombre de los países que dejaron atrás asociados al éxito.