Cambio en Downing Street

El nuevo primer ministro británico promete los cambios "más importantes de los últimos cuarenta años"

El exalcalde de Manchester, Andy Burnham, prepara un plan a diez años para enderezar el rumbo del país y limpia su gobierno de aliados de Starmer

El nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, en el momento de hacer su discurso en Downing Street, este lunes a mediodía.
20/07/2026
7 min

LondresLa imagen es demasiado simbólica para dejarla escapar: el Reino Unido ha cambiado de primer ministro por la puerta de atrás. Mientras el Palacio de Buckingham reserva la gran entrada para los turistas, obliga al poder político a llegar a la audiencia con el rey por la llamada "puerta de equipaje" a causa de las obras de restauración que se realizan. Es por donde ha entrado Andy Burnham, que este lunes al mediodía ha recibido el encargo de Carlos III de formar nuevo gobierno.

Todo ello, una metáfora involuntaria pero poderosa del estado del país. Una antigua potencia con la fachada todavía imponente pero que no resiste un análisis microscópico. Las estructuras internas necesitan una reforma profunda: economía estancada, crisis de vivienda, confianza política bajo mínimos y un invierno demográfico que avanza silenciosamente. La monarquía ha asumido que el Reino Unido no está para entradas triunfales, sino que debe aguantar en pie mientras duren los cambios.

Y Burnham es el hombre que debe intentar acabar con los parches. Tras el encuentro con Carlos III, el premier se ha dirigido posteriormente a Downing Street, donde ha ofrecido su primer discurso como primer ministro, el séptimo en diez años, y el quinto en los últimos cuatro. El primer mensaje ha sido en la forma, porque a diferencia de sus predecesores, Burnham se ha dirigido a los presentes con solo un micro delante, sin atril ni tampoco notas, rompiendo formalidades desde el primer momento.

Acto seguido ha entonado el mea culpa como político: "El Reino Unido debe demostrar al mundo que puede recuperar la estabilidad una vez más, y este es nuestro desafío: conseguir que la política funcione, y que funcione mejor. Sé que mucha gente está harta de la política. Os escucho, y quiero ser sincero con vosotros. No hemos sido lo suficientemente buenos, y tenemos que hacerlo mejor. Y lo haremos".

El recién nombrado premier ha prometido impulsar los cambios "más importantes de los últimos cuarenta años: un nuevo modelo político y un nuevo modelo económico", que deberá concretar en un plan a diez años que presentará después del verano, y del cual, de momento, no se conoce prácticamente nada. Sin apuntar medidas específicas, en poco más de cuatro minutos de discurso, el exalcalde de Manchester ha asegurado: "Recuperaremos un control público más firme sobre los servicios esenciales para que vuelvan a ser asequibles". Y también ha garantizado una "reindustrialización del Reino Unido utilizando la contratación pública para dar apoyo a la industria británica".

El nuevo gobierno se compromete, en palabras de Burnham, a impulsar medidas inmediatas para aliviar el coste de la vida, facilitar el acceso de los jóvenes al mercado laboral mediante reformas educativas, dar más apoyo en salud mental y ampliar el parque de vivienda social. Y tal como ha hecho en Manchester –aunque con resultados desiguales–, el nuevo premier ha dicho: "En breve cruzaré la puerta que tengo detrás [la del 10 de Downing Street] y daré mi primera instrucción: poner fin al sinhogarismo en nuestro país". ¿Cómo lo hará? ¿Será suficiente solo con su deseo? ¿Quién asumirá la factura? Demasiadas incógnitas, por el momento.

Un nombramiento inesperado

La música puede sonar bien, pero, ¿y la letra? De entrada, lo que más destaca de las primeras decisiones de Burnham es la limpieza que ha hecho en el gobierno de entre ocho y nueve ministros considerados aliados de Starmer. En cuanto al nombramiento más relevante, ha sido el titular de Economía –porque de él depende todo lo demás–, John Healey, que hace seis semanas dimitió como ministro de Defensa. Healey consideraba que el ya expresidente del Gobierno no destinaba suficientes recursos al ejército. La designación ha sorprendido a todos, ya que las quinielas indicaban que o bien sería la ministra del Interior, Shabana Mahmood, del ala derecha del laborismo y muy dura con la inmigración, y que finalmente continuará al frente del mismo departamento, o bien Ed Miliband, de la izquierda moderada, que ha pasado de Seguridad Energética a Exteriores. El nombramiento de Miliband como jefe de Foreign Office permitirá que Andy Burnham se concentre en la agenda interior.

Healey había criticado abiertamente lo que definía como la "ortodoxia del Tesoro", es decir, la manera tradicional de entender la política económica del departamento que ahora dirigirá. Cuando dejó el ministerio de Defensa, reprochó a su predecesora, Rachel Reeves, que no comprendiera la necesidad de aumentar el gasto en defensa y llegó a afirmar que el ministerio consideraba esta partida "un lastre y no un motor de crecimiento". El nuevo responsable de las finanzas públicas calificó esta cultura interna de "freno para un gobierno dinámico". La incógnita por el momento es saber si estas críticas se traducirán en un cambio de rumbo desde dentro del mismo departamento o si acabará asumiendo el funcionamiento habitual del ministerio.

El mercado recibirá el nombre de John Healey con calma, ya que lo consideran una opción segura gracias a su amplia experiencia en diferentes áreas del gobierno. Un vistazo a su currículum puede explicar la elección del presidente del Gobierno. Healey conoce bien el ministerio de Hacienda, donde ocupó cargos como secretario económico y secretario financiero, lo que le proporciona una visión interna del funcionamiento de las finanzas públicas. Además, también ha desarrollado responsabilidades en el ámbito del gobierno local y regional y de la vivienda, dos de las prioridades del gobierno Burnham. Y su pasado como sindicalista en los años noventa puede despertar simpatías y levantar menos recelos entre los sectores más a la izquierda del laborismo.

Estos movimientos han coincidido con el regreso de Louise Haigh al gobierno como canciller del ducado de Lancaster, en la práctica, primera secretaria de Estado y una de las figuras de mayor peso del gobierno después del primer ministro. Haigh también había cuestionado en diversas ocasiones la excesiva concentración de poder del Tesoro, a pesar de haber abandonado anteriormente el ejecutivo a raíz de la polémica por una antigua condena por fraude que, según ella, había comunicado previamente a Keir Starmer. Sea como sea, su nombramiento y el de Healey alimenta las expectativas sobre una posible redistribución del poder dentro del gobierno británico, con mucho más protagonismo para Downing Street y menos influencia del Tesoro. Burnham parece querer llevar las riendas económicas y este martes ha anunciado una serie de medidas relevantes para aliviar una de las mayores preocupaciones de los británicos: el aumento del coste de la vida.

Otro de los nombramientos más destacados ha sido el de Angela Rayner, una de las figuras más populares del ala izquierda del partido. En septiembre de 2025 tuvo que salir del gobierno Starmer como ministra de Vivienda por no haber pagado la totalidad de los impuestos en relación con la compra de una segunda vivienda, circunstancia de la cual, posteriormente, fue exonerada. Con el regreso de Rayner como ministra de Vivienda, Burnham llena algunas de las principales sillas ministeriales con representantes de todos los sectores del partido.

Por otra parte, las primeras llamadas de Burnham han sido al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, al cual ha aprovechado para invitar a Manchester el próximo año, con motivo de la reunión del G20, y al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

Keir Starmer y su mujer, Victoria, poco después de ofrecer el discurso de despedida a las afueras del 10 de Downing Street, este lunes por la mañana.

Por su parte, en el momento de la despedida, una hora antes de que Andy Burnham apareciera en Downing Street, Keir Starmer ha querido resumir también en poco más de cuatro minutos los hitos de su legado como líder y como premier. Muy significativa ha sido la reivindicación –que ha hecho una y otra vez– de cómo ha transformado el laborismo desde que asumió las riendas, los primeros días de abril de 2020: "Hace seis años y medio cogí nuestro partido después de una derrota histórica en 2019, lo transformé para que estuviera preparado para afrontar los retos del país y conseguimos una victoria aplastante en las elecciones generales de 2024." Aquella victoria fue contundente, pero solo en términos de diputados y gracias a las particularidades del sistema electoral británico. El 33,7% del voto popular conseguido fue el porcentaje más bajo jamás registrado para un partido con mayoría absoluta en los Comunes.

Starmer no entusiasmó

El cambio al que Starmer se ha referido del laborismo es una muy elíptica forma de decir que lo que hizo fue eliminar cualquier debate interno, y que encorsetó o expulsó a la izquierda heredera del corbynismo, un error estratégico que también ha contribuido a su caída. Porque las promesas que hizo difícilmente eran posibles sin reformas más radicales. Y, aun así, Starmer, que ha ocupado el cargo poco más de dos años, se ha querido vanagloriar de los cambios: "Mi trabajo ya está hecho", ha dicho, y ha defendido que deja "un Reino Unido más fuerte y más justo de lo que no era hace dos años". No ha podido evitar incluir lo que considera mejoras, pero que son concesiones a la derecha y la extrema derecha, como por ejemplo "la disminución de la inmigración". En la práctica, un tiro en el pie y un problema para un país seriamente envejecido y que vive un invierno demográfico, aunque no tan acentuado como Japón, Italia y España.

En todo caso, la prudencia y la falta de osadía del ya ex primer ministro,además de su incapacidad para romper la cuarta pared y hablar directamente con la opinión pública y tratarla como adulta, lo han acabado condenando. Starmer puso el acento en aspectos más intangibles que en propuestas y medidas concretas que mejoraran la vida de los ciudadanos. Con este historial, errores gravísimos, como el nombramiento de Peter Mandelson –el amigo del pederasta Jeffrey Epstein– como embajador en Washington y la eliminación de las ayudas para sufragar la factura energética para los más necesitados, supusieron el tiro de gracia.

Keir Starmer nunca llegó a despertar un entusiasmo real entre el electorado. Con un listón tan bajo, a Andy Burnham le puede bastar con una gestión solvente y un poco de ambición para transformar completamente el paisaje político. Pero el nuevo primer ministro dispone de poco margen para demostrarlo. Ha pedido diez años para revertir la trayectoria de un país que hace cuatro décadas que avanza en una dirección opuesta a la del Reino Unido que él quiere construir.

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