15 días de alto el fuego en Irán: ¿y ahora qué?

El mundo respira aliviado ante la desescalada

La bandera nacional de Irán envuelve una estatua en Teherán, después del anuncio de una tregua de dos semanas con los EE. UU.
08/04/2026
5 min

BarcelonaEl mundo respira aliviado. Trump se ha acabado retractando de su amenaza apocalíptica de “matar en una noche” a la civilización persa si Teherán no reabría el estrecho de Ormuz y ha aceptado una tregua de 15 días para negociar con Irán. Esta negociación se hará con dos premisas: Irán continúa controlando el estrecho y se discutirá sobre la base del plan de 10 puntos presentado por Teherán. En las próximas dos semanas sabremos si hoy la Casa Blanca ha encontrado la pista que necesitaba imperiosamente para salir de una guerra en la que no había calculado la capacidad de Irán de resistir y de estrangular la economía mundial. 

“Será interesante saber algún día quién y cómo ha parado a Trump”, porque hemos estado muy cerca del desastre”, explica a ARA Eduard Soler, profesor de Relaciones Internacionales de la UAB especializado en Oriente Medio. “No creo que sea una jugada maestra de Trump ni que tuviera desde el principio esta estrategia negociadora: ha habido fuerzas interiores o exteriores de los Estados Unidos que han presionado para evitar el precipicio”, añade. No queda claro tampoco que el camino de la negociación sea sostenible, avisa: “Israel no quería parar la guerra y puede boicotear las conversaciones, y tampoco queda claro si puede haber saboteadores dentro de Irán”. 

Los términos del alto el fuego todavía están por verse, pero no es el escenario que Estados Unidos e Israel querían cuando el 28 de febrero lanzaron el ataque conjunto contra Teherán, exigiendo una rendición incondicional del régimen. Ahora Washington tiene que sentarse a negociar, y, por mucho que Trump afirme lo contrario, tiene que hacerlo sin haber conseguido ninguno de sus objetivos militares. El régimen iraní mantiene intactas las reservas de uranio enriquecido de su programa nuclear, ha conseguido que sus arsenales de misiles balísticos y drones sobrevivan a más de cinco semanas de bombardeos con capacidad para continuar atacando. Pero sobre todo, ha demostrado que puede cerrar el estrecho de Ormuz sin que la primera potencia militar del planeta haya podido evitarlo: ha materializado por primera vez su amenaza, estrangulando la economía mundial. Algo que perseguirá esta y las futuras administraciones estadounidenses. Trump pierde en esto, con sus bases divididas entre los que todavía le son leales y los que le acusan de haber incumplido la promesa de no implicar a Estados Unidos en guerras imposibles de ganar en Oriente Medio. La oposición demócrata en Estados Unidos, que ve confirmados sus pronósticos, gana. Y todo ello cuando las cosas todavía pueden volver a cambiar antes de las elecciones de medio mandato. 

La batalla del relato

Las victorias en las guerras también son una cuestión de relato. Como explica a El ARA la politóloga iraní Anahita Nassir, “Estados Unidos podrá decir que han reabierto el estrecho de Ormuz y el régimen, que ha sobrevivido a la presión de Washington y de Israel con más de 13.000 ataques y que lo ha hecho tensionando la economía global”. No queda claro cómo se materializará la demanda de Irán para que se acepte el peaje que ha impuesto en el estrecho, una medida que ya hace días que se está aplicando en este punto neurálgico del tránsito de mercancías global. Como explica en el The New York Times Richard Fontaine, director ejecutivo del Center for a New American Security de Washington, “Irán continúa controlando el estrecho de Ormuz, y cuesta creer que Estados Unidos y el mundo puedan aceptar una situación en la que Irán mantenga el control de un punto clave para la energía de manera indefinida. Esto sería un resultado sustancialmente peor que el que había antes de la guerra”.

Además, en su plan de 10 puntos, Irán pide poder continuar enriqueciendo uranio, la retirada de las tropas estadounidenses de la región y que le levanten todas las sanciones. Trump tiene la patata caliente para demostrar que su guerra da mejores resultados que las negociaciones de sus predecesores con Teherán en los últimos veinte años. Obama tardó dos años en negociar el acuerdo nuclear con Irán, en tiempo de paz y es difícil pensar que Trump pueda conseguir un resultado sustancial en dos semanas, solo porque tiene una espada de Damocles que no le ha acabado de funcionar. 

En el plano político, el balance no es mejor para Washington y Tel-Aviv. El líder supremo de Irán, Alí Jamenei, está muerto, pero la Guardia Revolucionaria, el ala pretoriana del régimen, ha ganado peso y las ejecuciones de manifestantes y opositores han continuado. Trump comenzó esta guerra atizando a las masas iraníes para que se alzaran contra su gobierno. Ahora dice que el hijo de Jamenei, nuevo líder Supremo aunque no se conoce su estado de salud después de ser herido el primer día del ataque, forma parte de una generación “más lista y menos radicalizada”. Los servicios de inteligencia estadounidenses lo dudan. 

Y además, Washington ha visto debilitadas sus alianzas. Las petromonarquías del Golfo han descubierto que Estados Unidos no las puede proteger. Washington ha enrarecido aún más sus relaciones con Europa. China y Rusia salen reforzados. Un fracaso estratégico en toda regla. 

Netanyahu, impunidad en los otros frentesIsrael quería continuar la guerra y ya parecía más interesado en desestabilizar permanentemente Irán que en un cambio de régimen. Pero si Netanyahu no puede boicotear el acuerdo y conseguir que Trump continúe bombardeando a su archienemigo, sí que tiene carta blanca para continuar en los otros frentes: el Líbano, Gaza y Cisjordania. Israel ha reaccionado en las primeras horas del alto el fuego intensificando su estrategia de tierra quemada en el Líbano. Todo ello será clave para las elecciones de otoño, la primera vez que el hombre domina la vida política en Israel en el último cuarto de siglo que se someterá a las urnas desde los ataques palestinos del 7 de octubre. No queda claro que Irán esté dispuesto a jugársela por su aliado, Hezbollah, la milicia chií libanesa. 

Lurdes Vidal, investigadora del mundo árabe en el IBEI, destaca que las petromonarquías del Golfo “son las grandes perdedoras de esta guerra porque su arquitectura de seguridad ha saltado por los aires y se les ha acabado el espejismo de ser un oasis de paz y prosperidad en una región en llamas: la pérdida de confianza se notará en las inversiones, el turismo… y eso cuesta de recuperar”. Pakistán, sobre todo, y también Turquía y Egipto se han erigido en nuevos mediadores en el proceso que ahora se abre tomando el relevo de Qatar y Omán. 

Y como siempre en todas las guerras quien sale perdiendo es la gente. Los iraníes, con más de 2.300 muertos, que ahora han de aguantar una dictadura reforzada que ha ganado oxígeno y han de preocuparse de sobrevivir en medio de la destrucción de infraestructuras civiles críticas; y los libaneses y los palestinos, que ven a Israel desbocado haciendo crecer su proyecto de limpieza étnica. 

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