Beirut, el alto el fuego que no devuelve a nadie a casa
Más de un millón de libaneses continúan viviendo en asentamientos temporales a pesar de la prórroga de la tregua entre Israel y el Líbano
BeirutEn la zona portuaria de Beirut, entre el ruido metálico de los contenedores, el viento que llega del Mediterráneo y los bloques de hormigón del centro de exposiciones de Biel, el desplazamiento ha dejado de parecer una emergencia para convertirse en un paisaje estable de precariedad. El espacio funciona como un asentamiento informal donde se concentran cientos de desplazados del sur del Líbano, que han huido de las bombas israelíes. Lonas azules tensadas entre estructuras metálicas, tiendas improvisadas pegadas a muretes de cemento y colchones directamente sobre el suelo; un paisaje que empieza a volverse cotidiano.
Biel, un espacio pensado para ferias y eventos, se ha convertido en una superficie habitada sin infraestructura. No hay red de saneamiento y el agua llega en camiones, cuando llega. No hay letrinas y las duchas prácticamente no existen. El olor a plástico, humedad y combustible forma parte del ambiente.
La Rana lo explica sin dramatismo, como quien describe una rutina que se ha vuelto normal. Tiene 34 años y tres hijos, y vive en uno de los bordes del recinto, donde varias familias han delimitado su espacio con cuerdas, telas y restos de madera. “Dormimos donde antes había coches”, dice, señalando el suelo de cemento. La Rana llegó desde la localidad fronteriza de Khiam, después de una cadena de desplazamientos sucesivos. Su pueblo primero, una escuela convertida en refugio después, otro centro saturado más tarde. “Siempre nos decían que sería por unos días –explica– y después nadie volvía a decir nada”.
En los últimos días, además, la incertidumbre se ha vuelto aún más concreta. Las autoridades libanesas han empezado a desmontar parte de las tiendas instaladas en Biel y presionan para trasladar a las familias hacia otros refugios colectivos, principalmente la Ciudad Deportiva Camille Chamoun y terrenos municipales cercanos. El gobierno presenta la operación como una reorganización destinada a mejorar las condiciones sanitarias y liberar terrenos privados, pero muchos desplazados se resisten a abandonar el recinto.
"Duermen los unos sobre los otros"
Algunos tienen miedo de volver a los centros de acogida saturados por los que ya pasaron antes de llegar al puerto. Otros aseguran que no confían en las garantías de seguridad del gobierno. La Ciudad Deportiva, donde docenas de familias viven amontonadas desde hace meses, aparece constantemente en las conversaciones. "Allí la gente duerme los unos sobre los otros. Aquí al menos tenemos un poco de espacio", dice la Rana. Varias familias explican que ya han sido desplazadas tres o cuatro veces desde el inicio de la guerra y que no quieren volver a empezar en otro lugar provisional.
El alto el fuego, las conversaciones diplomáticas
Las agencias humanitarias advierten desde hace meses de la presión creciente sobre Beirut, donde la respuesta al desplazamiento ha sido ocupar edificios, terrenos vacíos e infraestructuras no diseñadas para vivir en ellas. Trabajadores humanitarios describen una situación progresiva de agotamiento, con familias desplazadas diversas veces en pocos meses y una red de ayuda incapaz de responder al ritmo de llegada. El resultado es una ciudad que absorbe población sin capacidad de sostenerla, donde lo que es provisional empieza a fijarse por acumulación.
Más de 120.000 desplazados en refugios colectivos
Los niños de Rana no van a la escuela desde que llegaron a Beirut hace dos meses y medio. Aunque hay intentos de educación informal organizados por ONG y voluntarios, dependen de la estabilidad del asentamiento y de la posibilidad de movimiento. Decenas de escuelas públicas han sido dañadas por los bombardeos o convertidas en refugios colectivos para desplazados, e han interrumpido el curso escolar durante meses. Según datos de las Naciones Unidas, entre 120.000 y 130.000 personas viven actualmente en refugios colectivos oficiales, a menudo en condiciones de hacinamiento extremo. “Omar, mi hijo mayor, me preguntó si este es ahora nuestro barrio”, dice Rana. No supo responderle.
En el sur, mientras tanto, la situación sigue marcada por una pausa sin pausa –que ha dejado medio millar de muertos–, conversaciones diplomáticas abiertas, bombardeos intermitentes y una sensación de guerra que nunca acaba de detenerse. Las negociaciones sobre una tregua duradera avanzan lentamente, pero sobre el terreno la normalidad sigue siendo imposible. Muchas aldeas fronterizas están destruidas, otras continúan vacías y los bombardeos intermitentes mantienen el miedo constante entre los que piensan en volver.
Rana no habla de volver con convicción. Cuando se le pregunta por su casa en el sur, la respuesta es breve: “Ya no existe”, dice. En Biel, casi nadie ya habla de vuelta inmediata. El alto el fuego, las conversaciones diplomáticas y las promesas de estabilidad apenas han cambiado la vida de los que continúan atrapados entre desplazamientos sucesivos, refugios saturados y casas destruidas. La espera continúa, suspendida entre un sur al que muchos no pueden volver y un Beirut que tampoco consigue ofrecerles un lugar donde quedarse.