La guerra de Irán se complica para Trump en el frente militar y económico
El presidente estadounidense carga contra los socios de la OTAN por "cobardes" mientras los precios siguen trepando
Beirut / WashingtonLa guerra contra Irán ha entrado en una nueva fase, más incómoda para Estados Unidos y cuyos efectos ya no se limitan al terreno militar. El conflicto ha escalado con consecuencias que se notan en mercados energéticos, logística global y alianzas diplomáticas. Uno de los puntos de inflexión ha sido el ataque al campo de gas de South Pars, el mayor del mundo, de donde proviene alrededor del 70-75% de la producción de gas de Irán. El ataque obligó a detener dos grandes refinerías de la zona. El efecto fue inmediato: los precios del gas natural y del petróleo Brent subieron con fuerza, con graves perturbaciones en los mercados energéticos internacionales.
Simultáneamente, las fuerzas iraníes han intensificado sus operaciones contra infraestructuras estratégicas en el Golf y en países vecinos, y han atacado instalaciones energéticas en Qatar, Arabia Saudita y otros estados costeros. En algunos casos, como la planta de gas Ras Laffan en Qatar, la destrucción de partes de las instalaciones ha reducido cerca del 20% de la capacidad de exportación de gas licuado, que también ha contribuido a la volatilidad de los mercados y al aumento de los precios globales. Estos movimientos muestran que el conflicto ha dejado de ser un simple choque militar entre ejércitos: es un enfrentamiento que afecta directamente a la economía global y la seguridad energética.
En este tablero ampliado, Irak se ha consolidado como frente silencioso pero constante. Milicias proiraníes han intensificado los ataques con drones y cohetes contra bases estadounidenses, lo que ha obligado a Washington a reforzar defensas y mover tropas en la región. Aunque no ha escalado a un enfrentamiento convencional, cada ataque suma presión operacional y política sobre la presencia de Estados Unidos.
La Casa Blanca afronta un dilema estratégico. Donald Trump reiteró que no hay planes inmediatos para enviar tropas terrestres a Irán, aunque mantiene todas las opciones sobre la mesa. Sin embargo, el Pentágono ha desplegado en Oriente Medio la 31ª unidad expedicionaria de marinas, una fuerza de reacción rápida de unos 2.200 soldados, para reforzar la seguridad en puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz y responder rápidamente a cualquier escalada. Asimismo, se desplegaron más aviones de ataque y helicópteros de combate para actuar ante cualquier amenaza.
Este viernes se ha sabido que Washington envía 2.500 marinas más en la región, con el despliegue de tres barcos de guerra. El movimiento se produce después de que ayer Trump asegurara que no enviaría más tropas a la región. Y después de que Netanyahu pidiera una invasión: "No se puede hacer una revolución sólo desde el aire, es necesaria una operación terrestre, también", dijo el primer ministro israelí en un discurso grabado.
Aunque se descarta una invasión terrestre masiva por el alto coste político y militar, el Pentágono sigue con todas las opciones abiertas. En paralelo, se exploran medidas alternativas como bloquear o incluso ocupar la isla de Kharg, que concentra cerca del 90% de las exportaciones de crudo de Irán. El potencial bloqueo de Kharg marcaría una escalada significativa, ya que exigiría presencia sostenida de tropas y unidades navales, con posibles repercusiones inmediatas en los precios del crudo y en la economía interna de Irán. Se estima que podría reducir temporalmente el PIB iraní entre un 10 y un 15% y aumentar la inflación.
"Un tigre de papel"
En ese contexto de tensiones crecientes, Trump también ha lanzado críticas directas a sus aliados. El presidente de Estados Unidos calificó a los miembros de la OTAN de "cobardes" por negarse a sumarse a sus esfuerzos militares en el conflicto con Irán, y advirtió de que sin Estados Unidos la alianza se convierte en un "tigre de papel". Trump ha pedido apoyo para reabrir el estrecho de Ormuz, clave para el tráfico de petróleo, y la falta de respuesta ha acrecentado la tensión entre Washington y sus socios europeos, muchos de los cuales han reiterado que no participarán directamente en un conflicto fuera del mandato defensivo de la OTAN.
Abbas Araghchi, ministro de Exteriores iraní, ha advertido a su contraparte británica de que permitir el uso de bases del Reino Unido por parte de Estados Unidos sería considerado "participación en la agresión", señal de que Teherán está dispuesto a ampliar el conflicto si percibe implicación directa de aliados occidentales. Horas después Londres ha autorizado el uso de las bases.
Los efectos económicos se sienten fuera de Oriente Medio. Europa, Japón y los países del Sudeste Asiático registran presión inflacionaria por el alza del precio de la energía, mientras que las primas de seguro marítimo se han duplicado y algunas navieras han cancelado o desviado rutas para evitar el Golf. Los gobiernos han llamado a frenar los ataques a infraestructuras energéticas, advirtiendo que una prolongación del conflicto podría frenar el crecimiento económico global si los precios de la energía permanecen volátiles.
En Estados Unidos el precio del petróleo también sigue trepando. Más allá del plan de intentar contener los daños escoltando a petroleros por Ormuz, el departamento del Tesoro estadounidense ya ha levantado sanciones al petróleo ruso e, incluso, se plantea levantar algunas para el petróleo iraní. Lo ha dicho en declaraciones a la Fox el secretario del Tesoro, Scott Bessent. Si se aplica, sería una medida controvertida: Washington estaría comprando petróleo a su enemigo en plena guerra.
Mientras tanto, el conflicto se expande. En Líbano, la intensificación de los ataques israelíes ha abierto un segundo frente que obliga a Irán a recalibrar sus estrategias de influencia indirecta, y la incertidumbre sobre la seguridad del estrecho de Ormuz mantiene a armadores y países consumidores en constante alerta.
La guerra contra Irán ya no se define sólo por cuántos objetivos se destruyen o cuántos muertos hay en un frente. Se mide también por su impacto en la economía mundial, en los mercados energéticos, en la política interna de Estados Unidos y en las tensiones entre aliados y adversarios. En esta nueva fase, cada ataque tiene repercusiones más amplias y difíciles de contener, y ningún actor parece tener el control total de un conflicto que, por hoy, sigue abierto, imprevisible y muy incómodo para Washington.