Miguel Ángel González: golpes de sensibilidad
Lleida—Si compramos los calçots hechos, se pierde la esencia—dejé ir en el grupo de WhatsApp de la pandilla unos días antes de nuestra tradicional calçotada anual.
El llamémoslo dilema moral estaba servido. Después de un acalorado debate (con encuesta incluida), una abrumadora y contundente mayoría decidió tomar el camino contrario a mi sentir. El golpe a mi ego fue de los que hacen época. Al sobreponerme, acepté democráticamente la demoledora derrota. Ahora bien, nadie osó boicotear mi delito por hacer la salsa en un intento por mirar de preservar, ni que fuera un poco, la tradición viva.
Costumbres aparte, antes del festín fuimos a aprovisionarnos del resto de víveres necesarios para la jornada. ¡No íbamos solos! Una aplicación que “escaneja los códigos de barras, analiza la composición de los alimentos para conocer su impacto en la salud física y los califica según su calidad nutricional” nos acompaó.
¡Nos volvimos locos! No pude evitar preguntarme cuáles serían los resultados si también se pudiera escanear, analizar y medir, con tanta facilidad, el impacto en nuestra salud mental de las actividades en las que tomamos parte.
Una luz interior
De cuna argentina y leridana de adopción, el artista Miguel Ángel González profesa un amor profundo por el cuerpo humano, que para él es “belleza en estado puro, una creación, una extraordinaria obra de arte.” La exposición Petjades, que se inauguró el 9 de abril y que se podrá visitar hasta el 30 de junio en el edificio Casino Principal de Lleida, es una pequeña muestra de su trayectoria artística de más de 60 años y de su “legado: el del compromiso del arte en transformar la conciencia”. Sus esculturas se miran en esta estima y abordan el vínculo entre cuerpo y espíritu que consigue atrapar en el metal, dotándolo de aliento y emoción. La vida, la naturaleza o el ser humano son los perfumes de su trabajo, de su mundo.
“Bienvenidos a mi templo. Quiero compartir mi luz interior, mi espíritu con ustedes. Porque ustedes también tienen la luz.” Así nos recibió Miguel Ángel González en la visita a su taller el 18 de abril. Una visita en la que no solo nos zambullimos en las entrañas de su universo creativo, sino que también fue un ejercicio de autoestima individual y colectivo, una inyección de calidad artística y humana que nutrió nuestro mundo interior. El arte ha de incomodar. Ha de ser un sacudida. ¡Sí! Pero también ha de conmover. Emocionar. Estimular.