Los late shows se han convertido en espacios de reivindicación política. El auge de la extrema derecha ha activado a los comediantes, y sus programas han devenido zonas de entretenimiento comprometido. Dicho sea de paso, el formato tiene más sentido cuando se dispara contra el poder, como forma de resistencia y de subsistencia de la libertad de expresión. El problema es cuando los monólogos de arranque pierden el espíritu humorístico para degenerar en mítines insoportables para aleccionar a la audiencia.En la última emisión de El perro andaluz, en La 1, el presentador Manu Sánchez criticaba el centralismo, especialmente el mediático, que convierte Madrid en el ombligo del mundo. La primera aproximación, incluso con una parodia musical, tenía cierta gracia. Denunciaba con sarcasmo cómo nos informan de los atascos en la M-30 como si todo el Estado estuviera parado allí, y que todas las encuestas de calle se hacen en Callao, donde se registra la temperatura emocional del país.Después de cargar contra el centralismo, Manu Sánchez se vio obligado a justificarse sobre el modelo de España al que se refería. Dedicó el soliloquio a “las diecisiete comunidades y las dos ciudades autónomas”, como un torero cuando brinda al público su sombrero. Hizo la arenga clásica sobre ser ciudadano del mundo queriendo tu parcela: “Lo mejor del mundo es el mundo, ¡pero no me negarán ustedes que cada rinconcito tiene su gracia!”” Por supuesto, reivindicó el andalucismo que lo identifica, dejando claro que no era un sentimiento excluyente: “En Andalucía nunca cuajará el independentismo. El independentismo y Andalucía es antinatural. Un andaluz no ha querido irse el primero de un sitio en la vida. Tenemos mala recogida...” Y entonces nos aseguraba que “España solo se entiende si cabemos todas las Españas” y pasaba a hacer un listado de los diferentes talantes autonómicos, hasta que llegaba el turno de Cataluña: “¡Cataluña, viva tú! ¡Haz el favor de coger las riendas de esto, que eres la única que puedes echarle cojones de tú a tú a esto del centralismo! ¡Pero no te vayas! ¡No nos dejes solos! ¡Que la selección española de quien tiene más jugadores es precisamente del Barça! ¡Aunque a muchos les escueza, esto es así! [...] ¡Haz el favor, Cataluña! ¡Quédate con nosotros! ¡No te lleves la pelotita. Déjanos jugar contigo!” Entonces pasaba a recitar la letra de una canción que conectaba con la idea federalista del país de países: “Juntos cabemos todos y hacemos una España mejor!” y, en una comparación delirante con Donald Trump, gritaba: “¡Make España Great Again! ¡Great y diversa!”, reivindicando unos “Estados Unidos de España. Y no hablo de independencia”. Eso lo dejaba claro. Y añadía: “Hablo de que hay tantas formas de ser español como españoles y españolas hay!”Una cosa es el entretenimiento comprometido, la broma inofensiva con el poder y sacar jugo a la actualidad, y otra es esta lata adoctrinadora. El humor desaparece, se pierde aquella mala leche del chiste irrefutable, para acabar cayendo en una ideologización sudorosa y demagógica digna de los cuñados más pesados.