Desde los años noventa, los tiroteos en escuelas e institutos de Estados Unidos se han convertido en un fenómeno recurrente. El impacto en los medios audiovisuales ha sido inevitable. Se han creado patrones de actuación que han derivado en imágenes que se repiten: las fotografías de las orlas de los menores asesinados, los padres deshechos, las flores y los peluches en las puertas de los centros educativos y todo un relato, a menudo morboso, en torno al autor de la masacre. Estas tragedias han inspirado obras literarias, cinematográficas y documentales. La campaña viral Back-To-School Essentials mostraba con sarcasmo la nueva cotidianidad de los alumnos: la típica publicidad de material escolar del inicio de curso se convierte en un anuncio de herramientas para protegerse en pleno ataque. Hace unas semanas hacíamos referencia a Thoughts and prayers (HBO), una producción que explora el negocio en torno a la prevención de estos tiroteos y la nueva manera de traumatizar generaciones de estudiantes.
Ahora, uno de los cortometrajes documentales nominados a los Oscar es All the empty rooms (Netflix), que nace de la impotencia de un periodista que, desde 1997, cubría esos tiroteos. Steve Hartman, reportero de la CBS, se dio cuenta de que las rutinas informativas hacían que estos ataques se olvidaran cada vez más rápido. Le molestaba el relato que fingía extraer una lectura esperanzadora de cada tragedia. No soportaba el protagonismo que se concedía al autor de la masacre. Hartman quería ofrecer un nuevo planteamiento, que subrayara el alcance de la desgracia y conmocionara a la sociedad. Junto al fotógrafo Lou Bopp, empezó a documentar las habitaciones de los menores asesinados. All the empty rooms recoge el proceso de los últimos cuatro casos que les quedan por completar el proyecto.
Cuando se marchan de viaje, vemos cómo Hartman y Bopp se despiden de sus propios hijos. El espectador entiende que ese detalle tiene un significado terrible. Entendemos que seguidamente descubriremos cómo esta cotidianidad con los hijos ha desaparecido de forma abrupta en los nuevos hogares donde entraremos. El documental muestra la sensibilidad y la prudencia con la que trabajan los dos periodistas. En las habitaciones vacías encontramos la vida parada repentinamente. Los padres las han mantenido tal y como las dejaron aquellas criaturas antes de irse a la escuela. Las fotografías amplían los detalles y las emociones: pulseras, imágenes, recuerdos escondidos bajo la cama, peluches que parecen esperar a alguien que no llegará nunca. Es posible que necesite un pañuelo para ver el documental. Hartman y Bopp comentan que, a veces, les parece imposible que esa experiencia sea real. Las fotografías se intercalan con breves secuencias de vídeos familiares donde conocemos a los niños y niñas llenos de vida, en contraste con las habitaciones vacías, silenciosas, convertidas casi en altares sagrados. Hartman logra modificar el relato, llenar la tragedia de sensibilidad y, sobre todo, ofrecer un nuevo punto de vista que perdure en la memoria. En cada masacre pensaremos en todas las habitaciones vacías.