Entrevista
Media 03/06/2022

Bernat Puigtobella: "El problema de la cultura catalana es que queremos parecernos demasiado a Madrid"

Editor de 'Núvol'

5 min
Bernat Puigtobella

BarcelonaNúvol es un digital de autor –y autores– que ha conseguido el bien preciado de la relevancia. Con motivo de su décimo aniversario, conversamos con su editor, Bernat Puigtobella, sobre la trayectoria del proyecto, que desde enero de 2019 forma parte de los canales del ARA y también sobre el estado de la cultura catalana.

Diez años de Núvol en la atmósfera digital. ¿Estáis donde queríais?

— Éramos un grupito muy pequeño, con unos propósitos modestos, que quería probar cómo sería un medio solo dedicado a la cultura en un momento de crisis de la cultura. Recordamos que hace diez años estábamos en resaca de la crisis de 2008, pero nacían también proyectos como las editoriales Raig Verd, Periscopi o Males Herbes, o la compañía de teatro La Brutal, también el Laboratorio de Letras. Núvol sería uno de estos brotes verdes. Intuíamos que había una necesidad, una función que hacer, igual que tu Pareu màquines cumple la función de ser el hígado que nos filtra la caverna de Madrid para que no lo tengamos que leer los otros.

¿Y cuál es la función, espero que menos hepática, de Núvol ?

— En aquel momento, muchas manifestaciones culturales habían quedado fuera del radar de los grandes medios y necesitaban una representación mediática. Puedes poner en marcha un proyecto, pero si nadie habla de ti de manera seria –criticándote si hace falta, pero dándote carta de naturaleza– es como si no existieras. Y a la cultura catalana le ha faltado siempre la capacidad de autorepresentarse. Activismo y ganas de hacer cosas ha habido siempre, pero falta esta segunda capa.

Núvol dice que es un "diario digital de cultura en catalán". Pero me parece una definición aséptica. ¿Cómo explicas tú Núvol cuando te desabrochas el botón de arriba de la camisa?

Núvol siempre ha aspirado a ser una conversación, que no sea solo un espejo de aquello que está pasando y una agenda cultural, que también lo queremos ser. Queremos escuchar e intervenir, a través de los columnistas, las entrevistas y los reportajes. Recuerdo que al principio nos definíamos como la espuma del capuchino. No teníamos los recursos para informar de todo, pero sí que podíamos añadir esta capa cremosa de comentario metamediático.

Juego con ventaja porque estuve en el momento de la concepción y lanzamiento. ¿Cuál era la motivación a la hora de complicarse la vida con un digital de cultura? Supongo que no era forrarse para comprarte un Lamborghini.

— No, no he podido ahorrar nada para el Lamborghini... (Ríe) Pero hemos podido navegar. Yo venía de trabajar diez años en el mundo digital. Y la primera chispa me empujó a hacer libro digital, pero vi enseguida que los e-books eran carne de piratería y que nadie vendría a casa nuestra si no les ofrecíamos un reclamo. Fue entonces cuando pensé que la tienda de e-books tenía que ser un accesorio en un espacio donde pasan cosas y se produjo la deriva de un proyecto editorial a periodístico, estructurado por comunidades.

Salto mortal con poca red.

— Yo venía del Grup 62 y era muy difícil tener de nuevo un trabajo con un sueldo similar al que me ofrecía 62, cuando todo era un desierto, así que entendí que el sueldo me lo tenía que ganar solo. Gracias a la herencia de mi padre tenía un rinconcito para empezar, pero tampoco mucho.

¿Haces las paces al menos?

— Sí, intentamos no gastar más del que ingresamos. Y tenemos tesorería para pagar las facturas. Núvol no debe nada a nadie, en este momento.

Entonces hagamos un Josep Pla: "Oiga, ¿y todo esto quién lo paga?"

— Hay un modelo basado en la publicidad, pero lo queremos complementar con suscripción y decantarlo hacia aquí. Si el lector confía en nosotros, nos tiene que poder ayudar. Solo con que un 1% de estos 100.000 lectores mensuales lo haga...

Bernat Puigtobella.

Núvol ha alzado el vuelo como trampolín de firmas. Como editor, ¿a qué selecciones dices que no muchas veces?

— Mucha gente confía en nosotros y, al final, el propio autor, si ve que no tiene la respuesta que esperaba, él mismo se da cuenta. Hemos apostado mucho por autor joven, pero también necesitamos algún autor sénior, que nos abra más el espectro generacional.

Ser un trampolín puede ser una arma de doble filo, porque está la tentación de pagar en proyección y no en dinero. ¿El proyecto está suficientemente profesionalizado?

— Ahora tenemos un equipo de ocho personas que son estables y después las colaboraciones mayoritariamente son remuneradas. Y tenemos algunos colaboradores que son fans fieles que nos ayudan o nos envían cosas espontáneamente. El objetivo primero era pagar a la redacción, después a los colaboradores y después las eventualidades. Por eso la suscripción es importante, porque nos ayuda a ampliar nuestra capacidad de remunerar.

Desde tu posición privilegiada de observador, me gustaría pedirte un diagnóstico de urgencia sobre el mundo de los libros.

— El problema del escritor catalán es que hay más oferta que demanda. Eso sí, detrás de esta oferta hay suficiente musculatura, con sellos pequeños y grandes. El gran enigma es saber si, en cinco años, esta capacidad de producir se mantiene o se contrae. De momento, hay autores catalanes que pueden conseguir adelantos altos. Hay un mercado.

El teatro, en cambio, está bastante asustado.

— Ahora están sufriendo, puntualmente. Ahora que ya no nos prohíben ir al teatro, la gente ha decidido ir a la playa, piensan. Pero creo que sí que hay un circuito de pequeñas salas que, con activismo y sin dejar de ser profesionales, consiguen mantenerse. El problema de la cultura catalana es que queremos parecernos demasiado a Madrid. Tenemos que ser conscientes de que no en todos los ámbitos podemos ser industriales. Es industriosa, eso sí, en el sentido de que trabaja mucho. Pero esto no es ser industrial.

¿No es preocupante esto?

— En ámbitos como el teatro, las letras o la música es muy difícil tener grandes recursos, fuera de los circuitos públicos. Hay un punto de activismo que es indispensable y más vale entenderlo. Lo que nos da la medida de lo que podemos llegar a hacer son los públicos disponibles. Y hacerlos crecer solo se consigue con la calidad.

¿Y en cuanto a la salud de la lengua?

— Hay mucho interés de la gente. Detecto una preocupación real. Pero no creo que el catalán esté a punto de dimitir. Nosotros hemos publicado el Decàleg irreverent per a la defensa del català, de Gerard Furest, y ya vamos por la tercera edición con un libro que es un manifiesto para la determinación lingüística. Ahora, el marco educativo, las leyes... no nos ayudan, no. Hay un peligro de retroceder, eso sí, con puñaladas como la ley del audiovisual, en la que el Gobierno central se ha comportado como un trilero. Y la lengua es el último bastión que tenemos, el tronco de la identidad.

Núvol en diez años.

— Tenemos que ser multimedia, sin renunciar a ser editorial de libros en papel. Tenemos que hacer podcasts, vídeos... y pensar con quién los podemos compartir o en qué ventanas reproducirlos.

¿Qué le pides a la administración para allanar el camino?

— Que tenga en cuenta que la relevancia de un medio a veces no es la cantidad de lectores, sino la calidad de lo que hace y el servicio que presta a la sociedad. Si miramos la última memoria de la inversión publicitaria de la Generalitat, los medios culturales –en conjunto, no solo Núvol– estamos muy por debajo de lo que nos correspondería por el trabajo que se hace. La cultura sigue siendo la cenicienta del ecosistema mediático.  

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