Alfonso Guerra en la presentación de su libro miércoles en Madrid.
10/07/2026
Jefe de Media
2 min

Ahora que se habla de las tertulias de la SER a raíz de la marcha de Àngels Barceló, es oportuno hacer un poco de arqueología y explicar que el grupo empresarial Prisa, de hecho, las tuvo vetadas durante un montón de años. Lo explica, con la gracia y rigor que le son habituales, el periodista Antonio Villarreal, un tipo atípico que acaba de publicar el libro Tertulianos, un viaje a la industria de la opinión en España. En este libro se explica la historia de este género típicamente español, que no nació, como se suele creer, con La clave, que era más filosófico y divagador, sino con el fugaz programa La trastienda, en la SER, en el que se masticaba la actualidad con aquella mezcla de información interesada, opinión y acidez verbal. Digo fugaz porque el 1 de junio de 1984, uno de los contertulios, José Luis Gutiérrez, dijo que el secretario de Alfonso Guerra tenía una amante en Roma que gozaba de una serie de privilegios especiales. Pero resulta que la joven no era íntima del secretario, según se supo después, sino del vicepresidente español, e incluso había tenido una hija fuera del matrimonio. Que alguien aireara –aunque fuera cargándolo sobre los hombros del pobre secretario– aquel escándalo por las ondas le empujó a reclamar la cabeza de Gutiérrez en bandeja de plata, que le fue servida. El programa continuó un tiempo, pero descafeinado hasta que fue fácil liquidarlo.

A partir de aquí, las tertulias desaparecieron cerca de una década y volvieron solo tímidamente cuando Gemma Nierga y Xavier Sardà hicieron pruebas alejándose de la política, con conversaciones con personas neurodivergentes o niños. Villarreal consigna editoriales de El País enfadadísimos contra las tertulias radiofónicas, en aquellos tiempos en que servían de ariete contra un PSOE en descomposición. Pisos para amantes, presiones por las tertulias, crispación política... Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia.

stats