Si parte de la fuerza de un articulista es su capacidad de generar debate alrededor de su pensamiento, habrá que reconocer que Mariano Rajoy es un titán de la influencia. Días después de su columna diciendo que la selección de Francia no tenía franceses consigue que El País le dedique el titular de portada: “Tormenta contra Rajoy en España y Francia por su artículo «racista»”. Es lástima que el diario se haya refugiado en las comillas cobardes, porque el artículo era racista y no debería hacer falta recurrir a la opinión subjetiva de una fuente para decir que si camina como un pato, tiene plumas y hace cuac, efectivamente es un pato.
El debate ha despertado también a los que intentan defender a Rajoy de su racistada. Uno de los casos más prominentes es precisamente el del antiguo director adjunto de El País y actualmente en Abc, David Alandete, que tuiteaba una tribuna del Washington Post según decía de cuando Francia ganó el Mundial titulada “Cómo ganó África el Mundial”. El problema es que en realidad era de ocho años antes y que el artículo en cuestión explicaba que África podía considerarse ganadora por haber podido organizar la competición por primera vez, aunque fuera sin éxito deportivo de sus selecciones. Pero más allá del desliz, es verdad que otros como Nicolás Maduro o el cómico negro sudafricano Trevor Noah han expresado esta idea cuando Francia se proclamó campeona. Ahora bien, cualquier mensaje solo se puede descodificar de manera rigurosa si se tiene en cuenta quién lo dice y la intención, porque eso forma parte del significado. Y una cosa muy diferente es reivindicar los triunfos y la identidad cultural de un colectivo secularmente oprimido y la otra negarles desde el privilegio una nacionalidad por el color de su piel. Rajoy hace bueno el tópico del gallego que no sabes si sube o baja las escaleras. Pero tras esta apariencia despistada y los balbuceos discursivos hay alguien con las ideas muy claras. Lamentables, claro, pero diáfanas.