La resaca de 'La Marató'

La última actualización del marcador de La Marató
Periodista i crítica de televisió
2 min

Otra Maratón superada. Debemos admitir que el programa es tan loable como difícil de afrontar. Hemos integrado el espectáculo casi como una estructura de estado imprescindible y un orgullo de país. Pero narrativamente activa la angustia y, sobre todo, una palabra que se repitió mucho a lo largo del día: el miedo. Son los mecanismos que hacen que la gente contribuya económicamente, pero para quienes han sufrido la enfermedad es una experiencia televisiva difícil de digerir. Este año, La Maratón era también una forma de premiar la trayectoria de Ramon Pellicer y ofrecerle una despedida por la jubilación emotiva y relevante. Su talante no es exactamente el más ajustado al formato. En muchos momentos parecía incómodo y en tensión en un contexto que exige mucha calidez, tanto con los invitados como con la audiencia.

Si pensamos en el espectáculo de La Maratón a lo largo de las décadas es interesante observar que el papel del testimonio personal se ha transformado por efecto de las redes sociales. El relato de la intimidad se ha normalizado y muchos protagonistas han pasado incluso meses registrando con el móvil crónicas de su proceso de tratamiento con una naturalidad y una exposición personal muy impactante. La narración en primera persona se convierte, para algunos de ellos, en parte del cuidado. "Si me lo han pedido para La Maratón es que piensan que saldré adelante", dijo una de las invitadas.

La tarea de divulgación y la importancia de la investigación se subrayó, pero a lo largo del programa se hizo referencia fugaz a aspectos en los que sería bueno que La Maratón haz más énfasis de cara a futuras ediciones, cualquiera que sea la causa. El papel solidario desde un punto de vista de recaudación está claro, la concienciación sobre la enfermedad y la importancia de la prevención también. Pero queda un aspecto social que quizá el programa podría abordar con mayor claridad, que son las mejoras del sistema. Nos quedó claro que no todos los cánceres son iguales. Pero también debe tenerse en cuenta que los enfermos tampoco. No es lo mismo pasar la enfermedad con unas buenas condiciones económicas y con el teléfono móvil del oncólogo en el bolsillo, que cuando eres pobre y ves al oncólogo cada tres meses. Puestos a afrontar la realidad de la enfermedad, hablar de estos aspectos relacionados con las necesidades humanas y sociales, mostrar la parte menos épica y limitada de la medicina, podría suponer también un progreso. Por otra parte, más allá de casos concretos, estaría bien abordar la perspectiva de género en cualquier enfermedad como un tema en sí mismo. Lo explicó muy bien, algo de paso, el dr. Oscar Buisan: "Sabemos por otros compañeros que los tratamientos no funcionan igual en los hombres que en las mujeres. Y esto daría para otro programa", afirmó. Y hizo mención a los diagnósticos tardíos por razón de género. La inercia y los patrones repetitivos de La Maratón impiden a menudo realizar una lectura más compleja que sería necesaria. No se trata de avanzar sólo científicamente sino también social y humanamente.

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