El buen gusto de 'The Bear'

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El protagonista de 'The bear', Jeremy Allen White

The Bear (Disney+) llega a la tercera temporada transportándonos a un nivel superior del relato. Un drama gastronómico en el que la cocina es la excusa, porque es en el gusto, el olfato y las texturas donde se esconden los recuerdos más potentes, la herencia familiar, la cultura y la tradición. Carmy intenta sacar adelante el restaurante con el esfuerzo de su equipo, pendiente de las críticas y aspirando a conseguir una estrella Michelin.

En la primera temporada nos presentaban los ingredientes a través de una narrativa claustrofóbica, intensa y trepidante en la que el dolor lo empapaba todo. La muerte del hermano de Carmy era el detonante del trauma que hacía estallar la olla de presión. En la segunda temporada nos hacía viajar a los orígenes familiares, al ADN de la angustia. Un guion que profundizaba en la fuerza de los hilos invisibles que tejen las relaciones y los afectos. La tercera temporada comienza con un episodio que, gracias a la música, es como un baile que nos anticipa el nuevo clima emocional. Es la temporada en la que se exprime al máximo una virtud extraordinaria de la serie: la de explicar el pensamiento de los personajes. El flashback reproduce con naturalidad cómo funciona nuestra cabeza cuando nos va de una idea a otra, dando saltos temporales, uniendo temas inconexos, relacionando sensaciones y encadenando recuerdos. Es perfecto para explicar cómo se sienten los personajes sin que sea necesario verbalizarlo. A medida que se han ido sucediendo las temporadas, los silencios han ido ganando espacio. No se acabaron los diálogos atropellados y a gritos, pero se dosifican para que los personajes piensen. Y en su reflexión, avanzan, se transforman y se vuelven más complejos. En The Bear, el espectador quiere a los protagonistas y siempre les desea lo mejor. Los guionistas no han caído en la autocomplacencia de potenciar los puntos fuertes ni conformarse con lo que la ha hecho popular. Al igual que la alta gastronomía, The Bear está en constante experimentación. La serie es libre. Redistribuye los protagonismos, se hace más coral y siente la necesidad de explicarnos las causas de lo que vemos. Solo conociendo las heridas de los personajes podemos entender su camino. Su pasado los hace más porosos. La mirada de Carmy se convierte en un elemento de suspense. La cámara suele fijarse en los ojos azules del protagonista y el espectador se pone en tensión. The Bear no necesita ajustarse a unos patrones ni tiene prisa por resolver las tramas que quedan pendientes. Como en la vida, todo tiene su tiempo. En el último capítulo hay una conversación intranscendente. Un chef recuerda sus años de aprendiz, cuando se pasó horas pelando guisantes y bromea porque ahora ha creado una deliciosa pannacotta de guisantes. "Has reconducido tu trauma", le dice Sidney. La tercera temporada habla justamente de esto: la capacidad de los personajes de reconducir su dolor y transformarlo. “La gente no recuerda la comida. Recuerda a las personas”, se dice en la serie. Con The Bear, ocurre exactamente lo mismo.

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