El domingo, Salvados promovía con el capítulo El encuentro el encuentro entre un exintegrante de ETA, José Miguel Latasa, y una de sus víctimas. En 1986, Latasa atentó contra Rafael Garrido, entonces gobernador militar de Guipúzcoa. Hizo estallar su coche, y mató también a su esposa y a uno de sus hijos. Cuarenta años después, el programa ha gestionado su petición de pedir perdón a Fernando Garrido por haber asesinado a sus padres y a su hermano. Un hecho que Salvados hizo muy bien fue el de subrayar que la necesidad del encuentro y el alivio del perdón provenía del exterrorista. Es importante, en estas situaciones, no fomentar una simetría entre las dos partes implicadas.Estas puestas en escena televisivas pueden ser delicadas, porque a menudo se confunde la predisposición individual con una generalización a todas las víctimas y existe el atrevimiento de interpretarlo como un progreso global en la reparación social. “Pedir perdón” es el nuevo “condenar la violencia”, una letanía de cierto impacto mediático que se repite como si fuera una exigencia a alcanzar y que puede presionar a las víctimas a tener que aceptarlo.En cualquier caso, Latasa quería expresar de manera sincera el lamento por el dolor causado y admitir la maldad propia sin justificaciones. El talante personal de los dos protagonistas era óptimo para un evento como este, y el programa fue cuidadoso con las condiciones que solicitaron para hacerlo. Garrido y Latasa coincidieron en pedir que la reunión fuera privada y sin cámaras. Después de entrevistarlos por separado, los espectadores solo observamos, sin sonido y desde la distancia, a través de una ventana, el instante inicial del encuentro donde ambos se daban un apretón de manos y se sentaban en una mesa para hablar. Salvados hacía explícita la elipsis de la espera porque no sabíamos qué pasaba en el interior de aquella sala. Fue una buena decisión hacerlo así, porque lleva el poder del diálogo a algo más elevado que el simple escaparate televisivo y a una cuestión emocional que tiene que ver con la intimidad y no con el impacto público. Garrido quería dejar claro que era una decisión personal y que no lo hacía en representación simbólica de ninguna otra víctima más allá de él mismo. También se negó a saber detalles sobre el atentado. Insistía en que no quería que aquel encuentro tuviera una lectura en clave política, aunque eso es difícil de conseguir.Después de la reunión, Salvados volvió a entrevistar a los protagonistas individualmente. Fue indecente, por cierto, el mal gusto de La Sexta en la manera en que gestionó las pausas de publicidad para crear suspense. Primero, el exterrorista Latasa admitió estar muy emocionado y haber experimentado una sensación de tranquilidad. Le había conmovido especialmente tener la oportunidad de abrazar a Garrido. Garrido expresó que el encuentro había valido la pena y se le notaba removido por lo que acababa de suceder: “Esta noche estaré hecho polvo”, dijo. Ciertamente, a pesar de la sinceridad aparente del gesto, el programa dejaba un regusto amargo y triste.