29-N: la estrategia de las renuncias

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Sobres de las votaciones durante las elecciones generales del 23 de julio de 2023 en el Centro Cívico Sagrada Familia, en Barcelona.
22/10/2026 - 18:00 h
Médica, exconsellera de Justicia y de Interior

Uno de los riesgos de la política es la oscilación extrema entre la táctica y la promesa vacua de máximos, dejando desprovisto el espacio esencial, el espacio decisivo de la estrategia. Este espacio desprovisto es el más necesario para poder plantear propuestas sólidas, viables y sostenidas en el tiempo. Vivimos, sin embargo, y todos somos conscientes de ello, sujetos a un péndulo que empuja no la fuerza tangencial de la gravedad sino los decibelios de los gritos y los improperios.

La legislatura iniciada en julio de 2023 ha sido el máximo exponente de esta oscilación perversa y vertiginosa. Sujetos al péndulo hemos chocado en temas como los conflictos internacionales, la inflación, la amnistía, la vivienda, las migraciones, los efectos del cambio climático. Y ahora la contienda electoral del 29-N se librará sin límites en la agresividad verbal. Tacticismo, vacío, populismo y virulencia verbal no son las mejores coordenadas para los grandes debates que la sociedad catalana y el resto de España necesitan.

La política tiene una gran capacidad de transformación que soñamos constructiva o de enderezamiento, pero también puede ser destructiva e hiriente. Los últimos tres años, en el mundo considerado avanzado hemos visto democracias resquebrajadas donde antes había referentes sociales. Se ha hecho realidad, nuevamente, la afirmación que dice que la política, cuanto más denostada, más necesaria.

De manera descarnada, el poder económico ha insuflado dinero en un populismo que pone en duda los fundamentos mismos de la democracia. Sin vergüenza, hacen gala de un supremacismo peligrosísimo, que les lleva a hacer afirmaciones deshumanizadoras, de rechazo y malquerencia hacia la inmigración económica. Es un supremacismo que aplican a todo lo que no se alinea con su voluntad uniformista –a semejanza suya–, y sobre todo, con sus intereses. El poder económico ha conseguido poner de moda la nostalgia de períodos dictatoriales, porque no son capaces de entender y comportarse respetuosamente con la diversidad.

La ultraderecha siempre ha estado aquí, entre nosotros, pero ahora ha conseguido ponerse de moda. Han tomado vuelo y, en todo el planeta, intentan herir democracias y partir sociedades. En Cataluña tenemos la doble versión que siempre ha existido en nuestro marco político: la que niega la nación catalana y la que se la apropia. En este crecimiento a cielo abierto, han contribuido a la pérdida de legitimidad de las instituciones democráticas, a la ruptura de la convivencia respetuosa. A sembrar dudas sobre las instituciones políticas que aún no controlan.

Si la expansión y crudeza de la internacional ultra ha sido sorprendente, no lo ha sido la lamentable tendencia de la izquierda a escindirse y separarse, una tradición que viene de lejos. Con el narcisismo de la pequeña diferencia, los recelos y las fobias personales, atrapados en una representación revolucionaria y confundiendo el tiempo de la política y el tiempo de la historia, perderán la oportunidad de establecer estrategias electorales que respondan a la emergencia democrática que atravesamos.

Y he aquí una propuesta en este sentido. Si es verdad que quieren detener la llegada de Vox al poder, las izquierdas minoritarias deben retirar candidaturas en las circunscripciones de menos de 7 diputados durante la última semana de la campaña y permitir, aunque tengan grandes discrepancias, que el Partido Socialista haga la función de dique. Para que todo el mundo se haga una idea, estas circunscripciones son 35 de un total de 52, y suman 144 diputados, un 41% de la cámara. Contando que habrá algunas que caerán del lado de la derecha, hay que asegurar que un mínimo no lo hará. El Frente Amplio y el PSOE han llegado a algunos acuerdos electorales para el Senado; para el Congreso habrá que tomar decisiones de retirada de candidaturas sin posibilidades de obtener representación: hay que concretarlo. Porque cuando los neofascistas estén en el poder, los discursos encendidos no servirán de nada, ni valdrán los lamentos ni las lecciones de oratoria, si antes no hemos sido capaces de hacer una ingeniería de la renuncia electoral para que ningún voto de izquierdas quede desperdiciado.

Liberales y socialdemócratas tendrían la posibilidad de cerrar el paso a los ultras y pinchar así, con una mejora sincrónica de los servicios públicos, la burbuja del partido del odio y la deshumanización, que en estas elecciones personifica Vox. Pero, a mi parecer, los socialdemócratas españoles no tienen un proyecto sólido de España federal y multinacional, y en cuanto a los llamados liberales, hace tiempo que sucumbieron a los cantos de sirena de la extrema derecha, seguramente desde que Aznar probó la mayoría absoluta.

El PP y los sectores que representa no conciben estar fuera del gobierno, porque la derecha española quedó atrapada en la idea de que el orden natural de las cosas consiste en que quienes defienden los intereses de los poderosos deben mandar y el pueblo sencillo debe obedecer. Por eso, ningún gobierno de partidos de izquierdas tendrá el reconocimiento de una derecha que no ha sabido distanciarse de los ultras. La derecha tradicional ha quedado invalidada para detener la oleada neofascista, y su proximidad de programas la convierte en la principal aliada y responsable de esta oleada regresiva.

Los votos de izquierdas son valiosos porque son escasos, y no está claro que sean suficientes para impedir el ascenso de la extrema derecha. Por este motivo, este periodo electoral tendremos que conocer hasta la última letra de la ley electoral y hacer microestrategia circunscripción por circunscripción. Si la alianza PP-Vox llega al poder, no habrá excusa ni consuelo, por mucho que haya quien crea que batirse contra el neofascismo una vez esté instalado en el poder lo hará más épico.

La ultraderecha usa la arrogancia, la chulería, la agresividad verbal, la excitación de los jóvenes que creen descubrir un orden propicio sin saber que sus antepasados ya vivieron cosas similares. Esta puesta en escena no puede hacernos olvidar que el objetivo real es acabar con la protección de derechos.

Tendremos dos tareas: una, no caer en el barro y poner de manifiesto las mentiras del discurso ultra; la otra, dejar de embobarnos con el espectáculo del baile de nombres para pedir que, cuando haga falta, haya retiradas valientes, circunscripción por circunscripción, que hagan posible el dique de contención que tanto teme la extrema derecha.

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