Acto central de Omnium para la Diada 2026
12/09/2026 - 18:13 h.
Periodista
3 min

Hay dos maneras de analizar la Diada de este año. La revanchista nos recuerda que el país afronta problemas internos, y la amenaza latente de una involución en España, cosa que –históricamente– indica que nos tocará recibir. Pero en este contexto, el Once de Septiembre ha sacado a unas 50.000 personas a la calle, con más jóvenes que nunca; es una cifra respetable en nuestro desganado presente. Pero también nos ha recordado que entre los “nuestros” hay gente que destila odio. Un nuevo sondeo prevé el ascenso fulgurante de Aliança Catalana. En conjunto, el Parlament volvería a tener una mayoría absoluta independentista, que no será operativa porque hay un abismo político y moral entre los que podrían estar implicados. Si sirve de consuelo, el bloque “español” es igualmente inútil (a menos que el PSC se quiera suicidar pactando con PP y Vox). ¿Quién pescará en estas aguas turbias? Muchos advertimos que los porrazos contra las urnas del 1 de octubre podían crear una generación de escépticos. Pero no pensábamos en Orriols cuando, tras el encarcelamiento de los líderes independentistas, gritábamos “¡Se acabaron las sonrisas!”. También Andreu Nin, en abril de 1931, escribió: “Nuestrarevoluciónno será tan alegre”. Porque la independencia, como cualquier revolución, es un asunto serio. Pero Orriols no tiene nada de serio, más allá de su solemnidad ridícula. Su discurso, además de ser un fracaso ético del catalanismo, es una distracción y un engaño.

Hay dos maneras, decía, de analizar la Diada de este año. La segunda, más optimista, se basa en sensaciones difusas que el sábado compartían muchos analistas: gestos, palabras y actitudes. La juventud. El deleite por olvidar el derrotismo, reencontrarse con el país y plantar cara, tanto al fascismo nuestro como a su primo, que es el españolismo asimilista –más poderoso, y también más peligroso, porque tiene mil rostros, algunos de francamente simpáticos–. Las sociedades globalizadas tienen una sola ventaja, y es que obligan a la gente a buscar certezas. En un país desmembrado, todo aquello que es auténtico y secular tiene un valor añadido. Incluso –esta es la gracia– para los que vienen de fuera. La catalanidad, con todos sus matices, nos debe guiar entre la niebla. En el Procés, el independentismo edificó, a base de siglas, un castillo de naipes. Antes de volver a ello, el Procés debe ser un recuerdo y una lección, nada más; y el esencialismo ultra debe pasar abajo, como una fiebre. Mientras tanto, hay un gran trabajo por hacer, y ya se está haciendo, en el terreno de las mentalidades. Solo un ejemplo: el anuncio que divulgó el Barça en la Diada, de impacto mundial, es un modelo a seguir, también para los que detestamos el fútbol como metáfora. El Barça de hoy en día combina éxito e identidad de una manera inusual en este país. Se rige por principios estimulantes y accesibles: ir a ganar siempre, preservar los orígenes, unir talento nuestro y global, y no amilanarse ante el auténtico enemigo. El enemigo, para los culés, no es Lamine Yamal sino Florentino Pérez: he aquí una manera didáctica de explicar las cosas a un votante de AC. El deporte es uno de los grandes constructores de identidad en el mundo, y por eso el Barça es un activo de una trascendencia enorme, porque su éxito internacional, como el de la obra de Gaudí, no se explica sin su origen. Va directo, sin intermediarios, de Cataluña al mundo. El poder tradicional –que está en Madrid– lo contempla con incredulidad y rabia.Mientras no tengamos las nuevas herramientas, hace falta que asome esta nueva mentalidad. Más combativa y madura, moralmente sólida, con el instinto que ayuda a elegir bien a los amigos y a los enemigos. Las cosas nunca pasan como uno espera, pero hoy sueño –y por una vez quiero pecar de optimista– que esta mutación ya se está produciendo.

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