Después de mucho tiempo yendo detrás, conseguí hace un par de semanas la edición original del siglo XIX de Las Papillotos, de Jasmin, en cuatro volúmenes muy bien editados y publicados los años 1842, 1843, 1853 y 1863. Me llegaron el día de Sant Jordi, y al final del artículo explicaré por qué me parece una premonición no muy buena –más bien, un mal augurio–. Jacques –o Jacme– Boé, conocido literariamente como Jasmin o Jansemin (Agen, 1798-1864), fue un barbero-poeta gascón que convirtió la antigua habla popular de Agen, un dialecte del occitano, en un instrumento literario de una fuerza insólita en el siglo XIX. Hijo de una familia humilde, autodidacta, gran orador, trabajó toda la vida como peluquero mientras escribía y recitaba poesía en una variedad dialectal hoy moribunda. La fama de poeta surgió sobre todo de los recitales que lo llevaron a muchos teatros y salones de Francia. Su dicción musical y el uso vivo de la lengua de oc cautivaron a un público que descubría –y aquí hay que elegir bien las palabras para no crear espejismos ni anacronismos– una anécdota cultural vistosa pero políticamente inofensiva.Publicó varios volúmenes bajo el título general de Las Papillotos, que reunían largas narraciones en verso combinando humor blanco, patetismo y un retrato amable de la vida popular. Sentimental y vehemente, Jasmin dignifica a los personajes humildes y convierte la cotidianidad en materia poética. A mediados del siglo XIX fue celebrado por críticos y escritores parisinos, y algunos lo consideran precursor del renacimiento literario occitano. El paso del tiempo, sin embargo, jugó en su contra: el dialecto del occitano con el que escribía dejó de transmitirse. Esta desaparición lingüística ha hecho que Jasmin sea leído tanto como creador como mero testigo de un mundo perdido y ya irrecuperable. Murió en Agen, respetado y popular, con una vistosa estatua de bronce y todo, y dejó una obra que hoy es quizás más arqueológica que literaria. Convirtió Las Papillotos en uno de los monumentos literarios más singulares de la lengua de oc con poemas narrativos como L’Abuglo de Castel-Cuillé, Françouneto, Maltro l’innoucento, Lous dus frays Bessous, etc. Son relatos extensos, llenos de giros dramáticos y truculentos, de bonhomía y ternura, que retratan la vida de personas corrientes con una intensidad emocional que el público urbano del París decimonónico encontraba, ambiguamente, exótica y cercana a la vez. La fuerza de Jasmin radica en una lengua desacomplejada, elástica, sentimental, muy ligada al espíritu del Romanticismo y, sobre todo, a la Francia rural. Sus personajes son campesinos sensatos, criadas virtuosas, artesanos, niños abandonados. Los trata con dignidad, esperando a menudo la lagrimita del respetable público. Aunque parezca extraño, la recepción de esta obra fue extraordinaria: a mediados del siglo XIX, Jasmin era un fenómeno editorial, así como un rapsoda celebrado. El siglo XX, sin embargo, lo relegó al olvido, víctima tanto del desprecio institucional hacia el patois –así llamaban y aún llaman algunos al occitano– como de la incomodidad ante un romanticismo popular que ya no encajaba en los cánones modernos. Este fin de semana he leído, al azar, una docena de estos poemas. Es como oír una voz que aún chisporrotea, pero que proviene de un paisaje sonoro que se ha desvanecido, fantasmal y un punto deprimente.
A pesar de las persecuciones sistemáticas, las prohibiciones y los sucesivos procesos de sustitución, el catalán ha mantenido una continuidad social y cultural que lo ha preservado como lengua viva. Entre finales del XIX y principios del XX devino, aunque de una manera vacilante, intermitente, una lengua de cultura moderna con instituciones, gramática normalizada y un espacio público propio, mientras que el occitano quedó fragmentado en variedades locales sin un centro normativo fuerte y real hasta muy tarde. El Ofici Public de la Lenga Occitana encuestó a 8.000 personas en el año 2020 para medir conocimiento, práctica y transmisión. A pesar de que el informe completo no da una cifra global única, confirma que la práctica cotidiana es muy minoritaria y que la mayor parte de los “conocedores” no son hablantes activos. Hoy, el uso social del catalán ya empieza a ser también manifiestamente minoritario: un 32,6% de la población según el Idescat.Al recibir Las Papillotos justamente el día de Sant Jordi pensé en el carácter cada vez más ilusorio de esta celebración en relación con la lengua catalana. Quizás los libros publicados este año, incluidos los míos, se subastarán dentro de unas décadas como si fueran una entrañable e inofensiva anécdota editorial de los tiempos pasados. La victoria de la coalición PP-Vox acortará la agonía, sin duda. Disculpen la tristeza.