Atacar primero y sin avisar: el nuevo orden global
El inicio de la operación El León que se Alza, como Israel llama la guerra con Irán, es ya un éxito del gobierno de Benjamin Netanyahu. Ha empujado a la administración Trump, reticente de inicio, a enzarzarse en una nueva aventura bélica en Oriente Medio, como ha admitido el propio secretario de Estado, Marco Rubio. Las monarquías del Golfo se han vuelto en contra de Irán que, con sus drones, ha resquebrajado la imagen de éxito y lujo de ciudades como Dubai. Y, de paso, las grandes potencias europeas se han visto arrastradas al bando agresor, sin haber podido influir en la decisión de atacar. Una vez más, se echan de menos en Europa valientes posicionamientos en defensa de la legalidad internacional y, de nuevo, el gobierno de España se queda en minoría cuando defiende los valores y las reglas que la Unión Europea siempre ha proclamado como propios.
Los objetivos declarados por el secretario de Guerra estadounidense son las capacidades militares de Irán y –a diferencia del discurso de Trump– no incluyen el cambio de régimen, y es que no es fácil que una campaña desde el aire pueda derrocar el poder de los ayatolás. Pese a la asfixia económica y la presión de la población, el gobierno mantiene el control tanto de los grandes centros urbanos como de la práctica totalidad del territorio. Hace pocas semanas, las fuerzas armadas, en particular los Guardianes de la Revolución y sus temidas milicias, los Basij, han demostrado lealtad de hierro cuando se les ha exigido reprimir con dureza a su propia gente.
Todo indica que Teherán ya tenía preparada la respuesta a este ataque de sus dos enemigos declarados, una respuesta que le aísla y le ha buscado renovadas enemistades. Visto el impacto tan limitado de sus ataques directos a Israel durante la llamada Guerra de los Doce Días de junio del 2025, Irán ha optado por atacar también a sus vecinos árabes en el golfo Pérsico, anfitriones de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Cada dron que impacta en territorio de Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí va directo a la línea de flotación de sus economías y amenaza con hacer retroceder décadas sus estrategias para posicionarse, a base de petrodólares, como islas de estabilidad, conectividad internacional.
Las potencias europeas, de por sí mal dispuestas hacia Irán, están siendo arrastradas hacia una guerra que no querían y sobre la que poco han podido decidir. Al ver bombas caer sobre emiratos amigos y clientes, el gobierno laborista británico, inicialmente reacio, abre la puerta a participar en "acciones defensivas". Francia, con presencia militar permanente en Emiratos Árabes Unidos y que tiene acuerdos de seguridad con otros estados como Qatar, no plantará cara a EEUU como lo hizo en el 2003 con Irak. Tampoco será Alemania, anclada en la inamovible posición proisraelí de sus élites políticas, quien pise el freno.
El gobierno de España, en contraste, no autoriza el uso de las bases militares para los ataques, y dice lo obvio: la operación supone una escalada violenta y contribuye a un orden internacional hostil. Las reacciones de Israel y de los trumpistas de uno y otro lado del Atlántico, acusando al gobierno de Sánchez de complicidad con Irán, así como la amenaza del propio Trump con cortar todo comercio con España, eran previsibles. Las condenas del gobierno español a los ataques iraníes a países del Golfo no les convencerán. Es importante que Madrid aguante, y que la diplomacia española busque aliados para evitar que la Unión Europea acabe apoyando, por la vía de los hechos, una agresión ilegal y peligrosa. Como ocurrió con el reconocimiento de Palestina, puede ser perfectamente que, con el tiempo, la excepción pase a ser la norma.
"Esto no es Irak. No será interminable", declaraba el lunes, optimista, Pete Hegseth, el secretario de Guerra de Estados Unidos. La primera premisa está garantizada: Irán es más del doble de mayor que Irak, y tiene mucho más valor estratégico. Pero que la guerra que empieza sea o no interminable está por ver. La República Islámica puede aguantar y, en su defecto, los precedentes regionales de caídas de regímenes no son alentadores: basta con recordar las tribulaciones de Afganistán, Irak, Yemen, Sudán, Libia o Siria. Queda la posibilidad de una solución negociada con un régimen extremadamente debilitado, preocupado sobre todo por su supervivencia: con Venezuela, Trump ya ha demostrado mucho pragmatismo a la hora de tolerar la continuidad y sacrificar las aspiraciones democráticas del pueblo mientras pueda sacarle beneficios claros.
Estados Unidos e Israel han puesto en marcha (sin aviso, a pesar de sus aliados y contra la legalidad internacional) una nueva fase del reordenamiento del Gran Oriente Medio, iniciando una guerra de dimensiones y consecuencias imprevisibles en medio del arco de conflictos que va desde Libia y el Sur de Ucrania. Una apuesta arriesgada que sacude no sólo a la región, sino también al orden mundial, y un paso más hacia un sistema internacional donde atacar primero, sin aviso ni legitimidad, es una opción ganadora. Toca a los gobiernos de Europa decidir si éste es el mensaje que quieren dar al mundo.