Ilustración para el programa Filiprim
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Ninguna sociedad puede sobrevivir sin respetar y conservar su patrimonio. Por eso el patrimonio siempre es polémico, siempre provoca tensiones, siempre está disputado, reclamado y, cuando hay conflicto, eliminado. Es lo que nos define como pueblo y lo que nos hace universales, lo que nos liga a nuestro pasado y lo que nos permite vislumbrar el futuro. De patrimonios, sin embargo, los hay de muchos tipos. No tiene sentido hoy relacionarlo solo con la piedra, los edificios, los archivos o artes clásicas como la pintura o la escultura. El cine, la fotografía, el vídeo y, por supuesto, el cómic forman parte de él desde hace ya muchos años. De hecho, en el mundo digital en el que vivimos algunos erróneamente pueden pensar que también forman parte ya del pasado.

El diario que hoy tenéis en las manos quiere celebrar este patrimonio y reivindicar a la vez el papel como un formato que permite un tipo de lectura, y de metalectura, que difícilmente se puede encontrar en el entorno digital. La narrativa del cómic está estrechamente ligada al papel, a ir pasando una hoja detrás de la otra, a mirar la viñeta o la página como un todo. A la vez, el diario en papel tiene una distribución que ordena las secciones y las noticias, pone jerarquías y establece relaciones, buscadas o a veces ocasionales. Cuando, como es el caso de hoy o en otros diarios que hemos hecho en colaboración con artistas o museos, se combina este orden interno de las noticias en función de su relevancia con unas imágenes de cómic que en principio no están pensadas para aquel contexto en concreto, el choque permite multiplicar las lecturas. No solo las que pueda haber hecho la redacción al seleccionarlas, sino también las que hace cada lector.

Y es que, si en otras ocasiones la celebración del cómic la hemos hecho colaborando con dibujantes en activo que ilustraban el diario en directo, en esta ocasión hemos puesto el acento en el patrimonio del cómic catalán. En colaboración con la Generalitat de Catalunya, hemos querido dar a conocer una pequeña parte del fondo cada vez más amplio de la colección nacional de cómic e ilustración.

Desde el siglo XIX, Cataluña ha sido un centro importante de la industria del cómic. De La Campana de Gràcia a El Jueves, de En Patufet al TBO, pasando por todas las revistas de Bruguera, El Víbora o Cairo, entre muchas otras. Tenemos dibujantes de primer nivel, desde los históricos Junceda o Apa hasta los actuales Raquel Gu o Manel Fontdevila, pasando por clásicos como Coll, Perich, Cesc, Romeu o Gallardo. Con todos ellos enlaza cada día, en la contraportada de el ARA, el incombustible Miquel Ferreres.

Es una buena noticia que finalmente haya una colección nacional de cómic y que se le quiera dar relevancia. Desde 2019, la Generalitat tiene diversas comisiones dedicadas al cómic y realiza compras anuales que, según las peticiones y necesidades de los diversos centros museísticos, sirven para complementar las colecciones. Ya hacía años que los amantes del cómic reclamaban una mayor atención a la disciplina, y durante un tiempo se habló de hacer un museo propio que no cuajó: muchos archivos de los grandes dibujantes catalanes desaparecieron o los adquirieron coleccionistas de fuera. Fruto de aquella alarma se puso manos a la obra con el objetivo de que el cómic no fuera un añadido en un museo separado, sino que se integrase con igualdad de condiciones en el discurso y los fondos de diversos museos. Este fondo que se ha ido adquiriendo, que recupera dibujantes clásicos y suma autores actuales, se complementa con las compras que por su cuenta hacen los mismos centros y que, por ejemplo, en el caso tanto del Museu Nacional de Catalunya como de la Biblioteca Nacional, vienen de lejos. En conjunto, pues, se está consiguiendo, paso a paso, salvaguardar una parte importante del patrimonio de cómic del país, que es como decir una parte de nuestra historia.

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