Tener amor propio en tiempo de odio es la respuesta y el camino. La propuesta escénica de la Super Bowl fue del amor como trinchera, verbo y resistencia frente a los indicadores alarmantes de las elecciones. En el mayor concierto del mundo, con 135 millones de espectadores, leer "sólo el amor es más poderoso que el odio" se convertía en bálsamo ante el dolor de ver cómo las políticas de deshumanización ganan votos.
Ressignificar palabras que otros han vaciado o manipulado es más necesario que nunca. Benito resignificaba "God bless America"para reivindicar todos los países del continente, desplazando a Estados Unidos como ombligo del mundo. ¿Cuántos ombligos hay que desplazar para poner en el centro las voces y las vidas mantenidas deliberadamente en los márgenes? ¿El amor vence al odio cuando un niño migrante puede soñar con un Grammy en un contexto en el que niños como él son deportados y criminalizados.
En nuestra casa también hay que ressignificar migrante, ciudadano, vecino, derechos... El alma de Europa se hunde mientras las derechas del extremo despegan fabricando relatos de miedo, rechazo y odio: al pobre, a la minoría y al migrante. Pan y circo, divide te impera: la cortina de humo por no pensar, y sobre todo, no pensar juntos.
Señalar al otro en lugar de afrontar los problemas compartidos es evitar mirar de cara a las estructuras que empobrecen todas las vidas, no sólo a las migrantes. Amor propio es unir fuerzas como conciudadanos y dejar de aceptar el pan y el circo como sustituto de explicaciones. Es preguntar por qué lo esencial sólo llega después de huelgas, accidentes o dimisiones. Es exigir sanidad, educación y vivienda para todos. Es luchar por una vejez digna y para que ningún migrante pierda la salud, los derechos o la vida alimentando a la máquina capitalista, otro ombligo del mundo sin conciencia. El verdadero enemigo de la élite política no es el colectivo inmigrante, sino la conciencia colectiva.
La misma noche de las elecciones en Aragón, de Bad Bunny y de los premios Gaudí, quedaba abierta una pregunta: cuando los hijos e hijas de la migración entramos en el Liceu para llenar de espectáculo la pausa entre premios, ¿qué haremos? Ángela Cervantes deseaba que algún día ocupemos esas butacas para contar nuestras historias. Para los niños que lo soñamos hace décadas ya es tarde, pero los niños de hoy siguen soñando.
Y si ese día llega, nuestro espectáculo será conciencia y no cortina de humo. Incomodaremos a todos para evitar la inhumanidad impuesta a unos pocos. Con música, cine y poesía nos aferraremos al amor como respuesta. Al amor propio y al orgullo migrante que no se marchita bajo la presión de quien no sabe ver su belleza. Sólo así será posible amar también a quien te odia o, al menos, la parte de él que despertaría más allá de la ceguera. Si el odio puede votar, el amor está obligado a votar pero también a crear: como verbo, trinchera, resistencia.
De la Super Bowl al Liceu, porque los hijos de la migración soñamos con más fuerza aunque los discursos de odio despeguen para hundirnos. Nos amamos y haremos de nuestro orgullo una fiesta, hasta que la celebración sea compartida y la vergüenza no encuentre ningún ombligo del mundo donde esconderse.