Un niño fotografía la salida de un helicóptero del centro de operaciones de los bomberos en el municipio de Sant Jaume dels Domenys.
Economista
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Fuego. ¿Otra vez? No podemos creerlo. Solo hace dos semanas vimos las llamas muy cerca. De nuevo, una columna gigante de humo negro, rojizo y blanco. Calculamos que el incendio está a menos de un kilómetro.

En pocos minutos nos van a confinar. Y se me pasa por la cabeza la tragedia de Almería. Intentar huir es peligroso, lo sé. Pero también sé que, si decidimos marcharnos, ha de ser ahora. Tenemos un bebé. Dentro de unos minutos quizá ya no podamos elegir.

Tomamos la decisión. Nos vamos. Tres adultos, un bebé y dos perros. Ahora, las cosas. En segundos has de decidir qué coges y qué dejas atrás. Sin pensarlo, haces un inventario acelerado de tu vida. Y estableces una jerarquía que nunca te has planteado. Muchas cosas que unas horas antes parecían importantes dejan de serlo. Salimos a toda velocidad. Conseguimos alejarnos. Unos familiares nos ofrecen un lugar donde pasar la noche. Paramos a comprar lo imprescindible: una cuna de viaje, un colchón, dos mudas, algo de comida, cargadores para los móviles, pienso animal para los perros y un coche de juguete para que el niño tenga algo con qué distraerse.

Durante el trayecto vemos los hidroaviones sobrevolar las montañas. Llamamos a vecinos y amigos. Están a salvo, nos dicen. Tienen miedo. Nosotros también. Aunque uno ya esté lejos, el incendio sigue dentro de uno.

Sentimos miedo, duda, impotencia, ganas de llorar, vulnerabilidad. El pequeño nos observa. Percibe que algo sucede. El tono de nuestras voces, las llamadas, las prisas… Y, de pronto, sonríe. Una sonrisa limpia, ajena al incendio y a nuestra angustia. Y entonces entiendes que, en las situaciones límite, siempre hay alguien que te recuerda cuál es el verdadero orden de las cosas. Amor y salud.

Todo lo demás es accesorio. Estar junto a quienes quieres, estar a salvo. A última hora nos confirman que nuestra casa no se ha quemado. Pero las carreteras están cortadas. Así que nos vamos al apartamento. Montamos la cuna. Preparamos algo para cenar. Y, de pronto, palabra de honor, nos damos cuenta de que el coche de juguete que habíamos comprado era un camión de bomberos. El pequeño acciona un botón y comienza a sonar una sirena. Una sirena…

Este es el resumen: nosotros hemos puesto a salvo a nuestro hijo; nuestro hijo ha puesto a salvo nuestra angustia; los bomberos han salvado nuestro pueblo; y, mientras ellos continuarán toda la noche luchando contra el fuego, la sirena de aquel pequeño juguete, eco de la real, distrae a nuestro hijo para que pueda dormir fuera de todo peligro.

Los bomberos son los héroes. Los verdaderos héroes. Gracias, y mil veces gracias.

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