A las dos de la madrugada, los relojes tendrán que adelantarse una hora y pasarán a ser las tres
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Periodista
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Hay cosas que no cambian. Como el cambio de hora. Tanto es que las estaciones se deformen por el cambio climático y que vayamos con el horario de la Alemania nazi porque Franco se tenía que alinear con el fascismo imperante. A ver quién es el guapo que lo cambia. Y menos aún ahora que el fascismo vuelve a ser tendencia y hay tanta nostalgia por el águila que si vas muy despistado por el mundo y ves a toda esa gente con banderas caducadas te puede parecer que son un grupo ecologista defendiendo un animal en peligro de extinción. Claro que en España el águila del escudo franquista nunca ha caído en desuso. Y si confundes un grupo ecologista con uno fascista es que vas más perdido en estética que un peinado de Lamine Yamal. Pero hablábamos del horario. Del cambio. De las cosas que no cambian. Como los daños colaterales de una guerra. Como si no hubiera suficiente con los daños principales, que tampoco cambian. Bombas que destrozan. Bombas que matan. Bombas para hacer más bombas. Bombas para enviar más bombas. Aunque es de lógica que si tu objetivo es hacer daño y la única vida humana que te importa es la tuya propia, cuanto más daño hagas, mejor. El alcance del mal para un malvado es infinito. Cuanta más gente sufra para sobrevivir, mejor. Y con esta panda de psicópatas que se están midiendo todo el día las trompas a ver quién la tiene más larga el sufrimiento parece asegurado. Para todos. Porque hay cosas que no cambian. Como resolver los conflictos a base de crear otros nuevos y peores. Tampoco cambia que te premien por la paz después de generar una guerra. Quizás lo más nuevo es que como no te premian los que esperabas, te premian unos que consideran que el fútbol promueve la paz. No seré yo quien lo ponga en duda. Porque cualquiera se enfrenta a un hooligan, sinónimo de pacifista. Solo digo que el buen gusto seguro que no lo promueven. Y ya que les sigue tanta gente podrían al menos tener unas casas que no parecieran un tanatorio. Por dentro y por fuera.

Hay cosas que no cambian. Y hay preguntas que nos hacemos un año tras otro. ¿No decían que el cambio de hora lo dejarían de hacer? Y ahora, ¿dormiremos una hora más o una hora menos? ¿Las dos serán las tres? ¿Las ocho serán las siete? ¿Cuántos relojes tenemos que aún no cambian la hora automáticamente? ¿Por qué Semana Santa cae siempre diferente? ¿Jesús resucitó el domingo o el lunes? ¿Qué es la Segunda Pascua? ¿De dónde sale el conejo de Pascua y por qué esconde los huevos? ¿Desde cuándo un conejo pone huevos? ¿Por qué hay tantos huevos en Semana Santa? ¿Por qué cada año salen los de las cofradías a decir que la tradición es que las mujeres no participen de no sé qué tortura? ¿Por qué las mujeres quieren participar de unas tradiciones tan anacrónicas? ¿Por qué nos cuesta tanto deshacernos de las tradiciones aunque no sepamos ni de dónde viene la tradición?

¿Por qué si somos un país laico todo nuestro calendario festivo está lleno de fiestas religiosas? ¿Por qué la religión no deja nunca de tener el peso que aplasta el mundo?

Hay cosas que no cambian. Hay preguntas que nos volveremos a hacer el año que viene. Porque cuesta retener tanta información. Y porque confiamos que alguien ya nos lo recordará, todo ello. Y si no, lo preguntaremos en internet. O al ChatGPT, que para cada consulta gasta una pila de agua que no nos podemos permitir. Pero tampoco nos podemos permitir vivir sin respuestas. Aunque nos hagamos siempre las mismas preguntas. Somos animales de costumbres. De tradiciones. Por machistas que sean. Habrá cambio de hora. Nuevamente. Pero, en realidad, no cambiará mucho.

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