El vehículo en el que viajaba Jordi Pujol, el primero, llegando ayer a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares
30/04/2026
129º presidente de la Generalitat
4 min

El presidente Pujol quería declarar en el juicio que se sigue en la Audiencia Nacional. Estoy convencido de que lo quería hacer por dos razones: por su carácter, siempre luchador; y porque se considera inocente de las acusaciones que desde hace un montón de años se formulan contra él. Tiene suficiente lucidez para saber que se quiere defender, pero según los reiterados dictámenes médicos, no tiene suficiente agilidad mental para hacerlo con plenas garantías. A pesar de las numerosas evidencias en este sentido, le han hecho ir a Madrid, en un acto de hiriente insensibilidad y de penosa deshumanización de la justicia.

Desde el tribunal que lo había de juzgar se ha justificado que se le hiciera comparecer físicamente para no confundir una edad avanzada con falta de capacidades mentales. En teoría es un buen argumento, pero en este caso no se sostiene por ningún lado. El tema no es la edad, son las capacidades mentales. Desgraciadamente, todos conocemos personas mucho más jóvenes que el presidente Pujol que sufren deterioros cognitivos muy severos, y afortunadamente conocemos también personas que de manera bastante excepcional tienen una gran lucidez a pesar de acumular muchos años de vida. Ahora bien, en este caso concreto, cuando empezó el juicio en noviembre del año pasado, médicos forenses especializados y designados por la Audiencia Nacional ya habían dictaminado unánimemente que el presidente sufría unos déficits cognitivos que le impedían defenderse. Por lo tanto, hacerlo ir a Madrid no tiene nada que ver con el argumento del juez de proteger el concepto de “persona mayor”, porque si hace seis meses ya no se podía defender, es evidente que ahora aún lo puede hacer menos. La edad no perdona, reza el dicho popular... y a ciertas edades, en pocos meses las capacidades no acostumbran a mejorar, sino más bien al revés. Esto lo sabe todo el mundo, y es profecía...

La conclusión, entonces, es evidente: lo han hecho ir a Madrid porque se llama Jordi Pujol, porque ha sido lo que ha sido, y porque representa lo que representa. Como dicen en castellano, “por ser vos quien sois”. Lo que representa Pujol es lo que más les molesta y lo que más repudian: un nacionalista catalán, culto y sensato, con suficiente liderazgo y ascendente social para articular un proyecto que descompensa su idea de una España uniforme y centralista. El Pujol defensor de la modernización de España, estabilizador en momentos cruciales de la política española, europeísta convencido... ni les interesa ni lo tienen en cuenta. Lo que prevalece es que, a ojos de ellos, una Cataluña más fuerte equivale a una España más débil. Y Pujol es el símbolo de una Cataluña que recupera y refuerza su identidad, su catalanidad y su proyecto nacional. Incluso pesa más eso que el Pujol que en diversas ocasiones decía públicamente, y defendía políticamente, que la independencia de Cataluña no era el camino.

En estos últimos años hemos podido comprobar que en altas esferas del Estado prevalece el concepto de tolerancia cero con la idea de que Catalunya se eleve nacionalmente. La durísima represión para decapitarr el movimiento soberanista es una prueba aún latente. En los años álgidos del Procés, nuestro país levantó como nunca su perfil de nación con anhelos de libertad. La profundidad del castigo que hemos vivido, y que aún vivimos, es directamente proporcional a la sensación de humillación y de orgullo herido que muchos sintieron, y a la firme voluntad que tienen de cortar de raíz cualquier resurgimiento de futuro. Y no olvidemos un hecho esencial, sin el cual no se puede entender la desconfianza que les sigue generando la figura del president Pujol: le atribuyen que su obra de gobierno, la de una Catalunya moderna pero sobre todo más consciente de su identidad catalana y de su condición de nación, ha sido el principal fundamento de las recientes aspiraciones soberanistas. El autogobierno, que algunos catalanes independentistas ven como una debilidad que nos frena, en Madrid lo ven como una fortaleza que nos da alas. Sin ir más lejos, esta constatación, acompañada de habilidades negociadoras dudosas, es la que explica que cuando nos transfieren Cercanías, el Estado quiera seguir teniendo un peso determinante, o que cuando se pacta una financiación singular basada en la autonomía fiscal, el Estado no está dispuesto a dejar de gestionar los grandes impuestos.

El juicio al presidente Pujol, que ya no tendrá sentencia en la esfera judicial, tiene una cruz y una cara. La cruz es la que hemos descrito hasta ahora. La cruz es la evidencia de que no todo el mundo es igual ante la ley, como tantas veces se proclama. Ninguna persona de su edad y en sus condiciones habría sido llamada a Madrid. Pero él es Jordi Pujol, tiene la historia que tiene, y representa lo que representa. Sin embargo, este episodio también tiene una cara, que pesará mucho más que la cruz: a ojos de mucha gente, incluso detractores o adversarios, el ensañamiento y el escarnio que ha sufrido, y la dignidad que ha demostrado, crean una empatía que ayudará a inclinar la balanza de la sentencia más decisiva para una persona como él: la que dicta la gente y conserva la Historia.    

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