Cuando Gayatri Spivak publicó su célebre texto ¿Pueden hablar los subalternos? (traducido recientemente al catalán por Mariona Lladonosa, en Manifest Llibres, y al castellano por Manuel Asensi, en las ediciones del Macba), su intención era denunciar que la palabra de las personas que esta teórica decolonial llamaba subalternas no era escuchada. Por tanto, la pregunta era irónica: claro que sí que pueden hablar, las subalternas (la traducción francesa las feminiza), pero su palabra resulta inaudible para los privilegiados.
En Francia, una noticia que se puede clasificar dentro de la sección Sucesos ha provocado un seísmo. Se trata del caso Lyhanna, por el nombre de la niña de once años que violaron y asesinaron a finales de mayo. Hasta aquí, es una noticia tristemente corriente, ya que en el país vecino (en el nuestro las cifras deben ser más o menos equivalentes) se calcula que una criatura es agredida sexualmente cada tres minutos. Este caso es especialmente doloroso porque todo apunta a que el crimen lo ha cometido el padre de la mejor amiga de la niña, es decir, una persona cercana a la familia, que vivía en un pueblo de solo seis mil habitantes. Pero la indignación popular viene del hecho de que el presunto culpable ya había sido denunciado, hacía nueve meses, por haber violado repetidamente a una niña de diez años en el municipio donde vivía anteriormente. De hecho, este hombre encadenaba denuncias (hace un tiempo, por haber violado a una chica de diecisiete años, pero finalmente el juez consideró que la relación había sido consentida), por mirar pedopornografía en internet, por haber acosado a una adolescente en el colegio donde trabajaba de monitor...
La buena gente se ha indignado porque todas estas señales de alarma no sirvieron para neutralizar el peligro que significaba esta persona y, especialmente, porque la policía no lo detuvo preventivamente a raíz de esta denuncia por violaciones continuadas a una niña. Los más altos representantes políticos (el ministro de Justicia, el mismo presidente de la República...) han acusado de negligencia a la fiscalía, la magistratura y la gendarmería, que se han defendido diciendo que la lentitud se debe a la falta de medios, y así se van pasando la pelota, lo cual no hace más que aumentar la indignación popular. Este sentimiento ha llevado a miles de personas –especialmente mujeres, que son muy mayoritarias en las protestas– a manifestarse en diferentes ciudades y pueblos franceses, una vez por semana, desde entonces, lo cual demuestra que no estamos solo ante un true crime morboso que el público olvida rápidamente para pasar al siguiente.
Este asesinato llega en un momento en que la Ciivise (una comisión independiente que el gobierno creó en 2021 tras el impacto que tuvo el libro de Camille Kouchner La familia grande, un testimonio terrible del incesto cometido contra su hermano gemelo cuando eran adolescentes) estaba a punto de entregar un informe sobre las medidas que esta misma comisión había recomendado hace dos años y medio al gobierno para luchar contra el incesto y las violencias sexuales contra los niños. El balance es decepcionante: más de la mitad de las medidas aconsejadas no se han puesto en práctica, por falta de medios y sobre todo por desinterés.
El caso Lyhanna se está convirtiendo, pues, en lo que representó el caso de La Manada en el estado español, hace diez años, pero en relación con la infancia. Algunos periodistas han hablado del #MeToo-infantil, después del #MeToo-incesto, que no llegó a pasar de las fronteras francesas. Pero la diferencia es notable, porque si por algo se caracteriza la infancia es, como nos indica la etimología, porque “no habla”: infans, en latín, es la criatura demasiado pequeña para poder utilizar el lenguaje verbal.
Ahora bien, en el caso que nos ocupa, podemos hacernos la misma reflexión que Gayatri Spivak: no es que los niños no hablen, es que su palabra resulta inaudible. Un experto en educación señalaba hace poco en Le Monde que en la sociedad actual conviven dos visiones opuestas sobre la infancia: por un lado, la que reconoce la capacidad de reflexión y decisión de los niños, especialmente en casos de conflicto, y por otro, la que cree que la vulnerabilidad de las criaturas es tan grande que se las debe proteger, incluso de ellas mismas. En los delitos de abusos, a menudo las pruebas se limitan al relato de la víctima y su credibilidad por encima de lo que diga el presunto culpable para defenderse. Pero la palabra del niño se manifiesta de maneras diferentes a la del adulto, y hay que no solo escucharla sino entenderla, interpretarla. Esto, unido al hecho de que, como se dice a menudo, una falsa acusación puede arruinar la vida del adulto a quien se dirige, hace que en Francia el setenta por ciento de las acusaciones de agresiones sexuales contra niños no lleguen a juicio, y que solo el uno por ciento acabe en condena. ¿Debemos concluir, así, que el niño, como el subalterno, “no puede hablar”?