Caso Noelia: la eutanasia, a juicio
Los verbos vivir y morir se conjugan diferente en la vida de las personas. Hay quien tiene una vida fácil y una muerte difícil; quien arrastra una vida dura, pero encuentra una muerte plácida. Los afortunados, a quienes tanto la vida como la muerte les sonríen, y los desafortunados, para quienes vivir es muy difícil, y morir también. En esta última combinación se inscribe la experiencia de Noelia Castillo, la joven de 25 años que finalmente, el jueves, pudo acceder a la eutanasia después de casi dos años de un viacrucis judicial, atizado por la oposición de su padre y la ofensiva de Abogados Cristianos, un colectivo mucho más próximo a la militancia doctrinal y al activismo ultraconservador que a la compasión cristiana.Este caso obliga, en primer lugar, a reflexionar sobre qué pasa cuando una creencia moral legítima, como la sacralidad o la inviolabilidad de la vida humana, deja de ser una convicción íntima para convertirse en una ideología de combate en el espacio público. Toda sociedad democrática debe respetar a las personas que, por motivos religiosos o filosóficos, rechacen la eutanasia para ellas mismas. Lo que no puede aceptar, sin embargo, es que las creencias religiosas —o los grupos que las instrumentalizan— pretendan imponer su credo a todo el mundo. Las creencias se pueden proponer, pero no imponer. La cruzada judicial contra Noelia no es nada más que el intento de hacer prevalecer por la fuerza una determinada visión moral, bendecida por sectores de la extrema derecha y vehicula a través de los tribunales para generar ruido mediático, intimidar y cargar contra el gobierno de Pedro Sánchez.La segunda cuestión que este caso pone de relieve es la de la aplicación de la eutanasia en el ámbito psiquiátrico. Noelia tenía un trastorno de salud mental, y la lesión medular que padecía era consecuencia de un intento de suicidio. Cabe precisar, sin embargo, que la eutanasia no se le concedió solo por motivos psiquiátricos, sino también por las lesiones físicas irreversibles que presentaba y que le provocaban un sufrimiento físico y psíquico intolerable. Aun así, su patología mental se ha utilizado para intentar desacreditar su decisión. La controversia, en este terreno, es intensa. Los contrarios a la eutanasia sostienen que es muy difícil saber cuándo un sufrimiento psíquico es realmente irremediable, establecer si el deseo de morir es una decisión autónoma o un síntoma de la enfermedad y garantizar que la eutanasia no devenga, en la práctica, una forma de ayuda al suicidio facilitada por la medicina. Los favorables, en cambio, recuerdan que el sufrimiento mental grave y continuado también puede llegar a ser devastador, refractario a los tratamientos e incompatible con un umbral mínimo de calidad de vida. Sostienen, por ello, que excluir de entrada a estos pacientes no es un acto de prudencia, sino una forma de paternalismo que los discrimina, como si su dolor fuera menos importante. Y defienden que, con evaluaciones rigurosas y una exploración exhaustiva de la capacidad de decidir, la respuesta no puede ser una prohibición automática. De todas formas, para no inquietarse, hay que tener presente que no excluir a estos pacientes de entrada no quiere decir que deban ser, necesariamente, admitidos.
Todavía hay un tercer elemento especialmente relevante. La irrupción de terceras personas en una decisión radicalmente personal. Lo que esta larga batalla legal ha dejado establecido es que ni los familiares ni los colectivos ajenos a la afectada podían alterar su soberanía ni deslegitimar la tarea de los profesionales y la decisión final de la Comisión de Garantía y Evaluación. Y esto es importante no solo para Noelia, sino para el conjunto de la sociedad, porque es ahora que se está dirimiendo si los familiares de un paciente adulto y con plena capacidad pueden intervenir para impedir la aplicación de una eutanasia avalada médicamente. Todos los estamentos judiciales que se han pronunciado sobre los recursos presentados contra la decisión de Noelia refuerzan la idea de que la ley de la eutanasia no es, en ningún caso, un mecanismo improvisado ni permisivo, sino un marco garantista, exigente y sometido a controles estrictos.Los que el jueves se concentraron desvergonzadamente ante el centro sanitario donde se llevó a cabo la eutanasia de Noelia, erigidos en guardianes autoproclamados de la vida, y los medios que durante estos dos años les han servido de altavoz, no querían salvar la vida de una chica de 25 años. Lo que querían, y lo que quieren desde hace tiempo, es condenarnos a todos a la degradación de los valores democráticos y humanistas, y reimponer una moral autoritaria sobre la vida de los demás.