El letrado de Abogados Cristianos el jueves delante el Hospital Residencial Sant Camil.
28/03/2026
Filósofo
3 min

El sadismo de la creencia. 601 días ha tenido que esperar Noelia Castillo para hacer efectiva la eutanasia que había solicitado y le habían autorizado. Un calvario impuesto por su padre, que se puso en manos de la asociación ultrareligiosa Abogados Cristianos para impedir que su hija muriera. Es decir, lo hizo en nombre de la fe, que como todas las creencias está fundada en una verdad indemostrable –la existencia de Dios y la autoridad que de él emana–, figura de dominación que acompaña y condiciona la especie humana con la identificación con un ser superior del cual no tenemos constancia objetiva alguna. Una idea que, en la diversidad cultural del mundo, no ha cuajado en una sola figura, sino que ha generado infinidad de creencias, a menudo en estrecha rivalidad entre ellas. Tanto es así que el mismo cristianismo –del cual los católicos se consideran representantes genuinos– se ha concretado en un amplio escaparate de propuestas en sutil competencia. La diversidad del mundo es tan grande que hace difícil acreditar la pretensión católica de ser la única auténtica y universal.

Ciertamente, cada uno es libre de pensar y creer lo que quiera y de comportarse en consecuencia, siempre que respete las leyes que marcan los límites en las sociedades democráticas, que reconocen el derecho a la libre creencia, pero no el derecho a que esta se imponga por encima de las leyes y normas del Estado que marcan las reglas del juego compartidas. Y precisamente por eso, todo, también la eutanasia, tiene su reglamentación. El suicidio es una decisión irreversible que una persona toma sin dar opción a los demás. La eutanasia es una forma legal de poner fin a la vida en circunstancias en que se hace manifiestamente insostenible por razones de degradación de la salud y de desbordamiento del sufrimiento. Y, de hecho, nació como una forma de introducir el suicidio en el marco legal, para casos de extrema degradación del cuerpo. Naturalmente, no es fácil establecer los límites, cuándo es aceptable y cuándo no. Pero es difícil de explicar, si no es desde la ceguera o del cinismo, el uso de la eutanasia por parte de sectores del catolicismo como forma de lucha ideológica y de propagación de la creencia.

El caso de Noelia es especialmente demoledor. Una degradación física y psíquica insoportable, un proceso judicial llevado sádicamente al límite por los abogados católicos, con el padre rehusando cualquier empatía con el malestar de la hija, queriendo imponer su autoridad, en una situación en la que la justicia ha validado el perfecto cumplimiento de la ley. Es evidente que no es un territorio fácil, pero la insidia, el autoritarismo, la falta de respeto con la protagonista, el abuso de la creencia presentada como verdad absoluta –cuando solo lo es para los que se lo creen– transmite la sensación ofensiva de que hay gente que se piensa que tienen derecho a imponer su moral a los demás sin ningún respeto por la decisión libre que ha tomado la persona que ha vivido el sufrimiento. Y que llega ya a la infamia cuando hay quien califica la muerte de Noelia como “una ejecución”.

El suicidio es una decisión individual de marcharse del mundo por razones que solo el mismo protagonista conoce. La eutanasia es la regulación de la anticipación del final de vida reservada a condiciones extremas. Y hacer de ello un calvario, cuando la decisión es clara, adquirida y ajustada a ley, queda lejos de los valores de la convivencia humana. Y cuando, en nombre de la bondad, se lleva a cabo una obsesiva persecución de 601 días contra la voluntad de la persona que sufre, cuesta verle cualquier aspecto positivo.

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