Ceuta: realismo y empatía

La figura del presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, no me era familiar, pero he de decir que su reacción a la situación dramática en la que se ha encontrado me ha impresionado muy favorablemente porque se ha caracterizado por los dos rasgos que son los que conviene que informen la política europea de inmigración: el realismo y la empatía.

Realismo. El drama de Ceuta es sobre todo el de la pérdida de vidas en el mar. El recuento final de este episodio no lo sabemos. Pero será de más de 150 muertos. La evidencia de que esto pasa repetidamente nos debe quitar el sueño. No es una normalidad moralmente tolerable. Ahora bien: los hechos de Ceuta nos confirman con mucha claridad que solo hay dos maneras de reducir a cero la probabilidad y, por tanto, el número de estas muertes: abrir las puertas completamente a los inmigrantes o cerrárselas completamente. No hay punto intermedio. Abrir las puertas es lo que hizo Marruecos, no sé si con una instrucción desde arriba o por un desbordamiento desde abajo. Y todavía suerte que se abrieron porque tratad de imaginaros cuántos muertos tendríamos si las decenas de miles que entraron a pie lo hubieran intentado por mar. En todo caso el hecho demuestra, si hace falta demostrarlo, que una política de apertura completa no es posible. La entrada se debe racionar, con unas cuotas anuales que, dada la realidad demográfica de Europa, deberán ser muy generosas. Pero el mecanismo de selección no puede ser la supervivencia de las travesías en el mar o nadando entre dos playas de Ceuta. No es razonable, e inevitablemente produce muertes. El mecanismo debe ser ordenado y debe hacer imposible la entrada ilegal por mar. Mientras esta sea posible mucha gente que aspira a una mejor vida se lanzará al mar. Y habrá más muertos.

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Pensábamos que podíamos delegar el control de fronteras a Marruecos. Se ha visto que no lo podemos hacer. Ya sea porque Marruecos quiera transformar la dependencia de Europa de su vigilancia de fronteras en vulnerabilidad de Europa, ya sea por incapacidad de ejercer el control. Y así hay que entender la reclamación de Vivas de blindar Ceuta. Efectivamente: no hay alternativa. Europa debe blindarse respecto a la inmigración que no llega por vías legales. Será cuando la vía no legal no genere expectativas de éxito que no habrá deportaciones en caliente y que los centros de internamiento en Albania podrán permanecer vacíos.

Empatía. Es la que reconoce que nosotros y los inmigrantes, hayan llegado como hayan llegado, somos parte de la misma humanidad. Es la que trata de acogerlos con dignidad, sin discriminaciones y sin “prioridades nacionales”. En cuanto al reparto de los menores, parece que el hecho de que la administración de Ceuta sea del PP ha acabado llevando a que se acepte el principio de que las autonomías se harán cargo de manera proporcional. En este tema Cataluña cumple y debe continuar haciéndolo. A las habituales, logísticas y de servicios públicos, Cataluña suma una dificultad adicional: mientras la españolidad cultural de España no está en peligro, la catalanidad cultural de Cataluña sí lo está y, en cambio, los procesos legales de incorporación a la comunidad ponen la lengua catalana, la más débil, en una situación inferior a la castellana. Es una situación que demanda acción política decidida para simetrizar, pero también mucha empatía hacia los inmigrantes. Es lo que puede hacer que estos vean en la lengua no un elemento que retrase su ascenso social sino un acelerador. Y que la empatía acabe siendo recíproca.

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La empatía también es importante ejercerla hacia los países de origen y, en particular, los del Magreb. Debemos trabajar para que llegue el día en que las fronteras de Marruecos o las de Argelia no estén blindadas y no hagan falta cuotas de entrada. Esto vendrá de la mano de la prosperidad económica. Debemos ayudar a promoverla. El proteccionismo hacia estos países sería un doble tiro en el pie: que fabriquemos en Europa en vez de Marruecos lo pagan en parte el consumidor europeo y en parte el trabajador marroquí, que, en consecuencia, aumenta su deseo de emigrar y de entrar en el perímetro económico de la UE. Por cierto, el blindaje de la frontera debe facilitar la colaboración con Marruecos. Si el instrumento, muy desestabilizador, de regular unilateralmente la entrada de inmigrantes desaparece, también desaparecerá la tentación de utilizarlo y, por lo tanto, la cooperación se podrá plantear sobre unas bases normalizadas que conviene que sean, por parte española, muy empáticas. Puede ayudar que ya tenemos una población importante de origen marroquí. Son mediadores naturales.