Leemos en el ARA que el president de la Generalitat Jordi Pujol viajará el lunes a Madrid “para que un médico forense le examine y acredite si está en condiciones de continuar en el banquillo de los acusados”. El juez Prada, que lleva el caso, ha dicho: “El tribunal no quiere caer en el edadismo, [ni] invalidar el papel de las personas mayores”. La defensa no presentará ningún escrito nuevo porque “considera que la decisión está tomada y no hay margen para modificarla”. Irá a Madrid en coche (que no conducirá, claro, él).
No es cuestión de edad, es cuestión de cabeza. El presidente Pujol no parece que esté en condiciones. No en las que estuvo. La razón por la que se le hace ir a Madrid es para poder exponerlo. Que todo el mundo pueda hacer la comprobación morbosa de si está o no está bien, de si lo hace o no lo hace ver, de si se da cuenta o no se da cuenta de que está o no está bien. Es la verdadera pena. Programas matinales debatiendo “desde el respeto” y “con expertos” si sus capacidades se ven alteradas o no, qué es la senilidad y cómo se nota si está mintiendo. Si el juez quisiera de verdad examinar las condiciones del abuelo sin caer en el edadismo lo que haría es viajar él a Barcelona. No hacérselo llevar a domicilio como un pedido de Glovo. Si se le hace llevar a domicilio y resulta que no, que no está en condiciones, ¿qué hará? Devolverlo. Y ¿cómo llegará? Quitar el edadismo, es decir, la discriminación por edad, es gratuito y falaz. Es como si yo dijera que no quiero caer en el machismo, como excusa para pedir que en las pruebas de acceso al cuerpo de Mossos d’Esquadra las mujeres hagan la misma marca física que los hombres. Como si él mismo dejara en libertad al representante de una minoría étnica, aunque culpable, para no caer en el racismo.