Una mujer regula la temperatura del aire acondicionado
07/07/2026
Escritora
2 min

Yendo en dirección a Catalunya Ràdio abajo, desde los Ferrocarrils, por los callejones, más estrechos que los del Eixample, que cruzan la calle Muntaner. Caminando por la acera, una bocanada de aire caliente se me propulsa hacia las piernas. Y otra. Y otra. Primero no lo entiendo. Parece una sauna, de esas de gimnasio, cuando se pone en marcha. Entonces, sí. Son las salidas de los aires acondicionados de los bloques de pisos y las tiendas, unos aparatos que me imagino como dragones furibundos. La calle por donde paso, por mor de la confortabilidad térmica de los interiores –confortabilidad que envidio y aplaudo– es como una olla hirviendo. Todo este calor que vomitan los dragones bramadores debe calentar un grado o dos la temperatura de la calle. El otro día, en el ARA, decían que el calor va por barrios y que los barrios pobres sufren más, por estrechez, ventilación… Pero no tuvieron en cuenta que en los barrios ricos y con muchas tiendas de ropa hay aires acondicionados, y si hay aires acondicionados en los interiores, hay más calor en los exteriores, porque hemos llegado a la Luna, pero no hemos ideado un buen sistema para expulsar el aire caliente. Y se da la paradoja, pues, que cuanto más cambio climático, más aires acondicionados necesitamos, y cuanto más aires acondicionados necesitamos, más cambio climático, y cuanto más cambio climático…

Me resistía a tener aire acondicionado, pero no puede ser que por culpa de no tenerlo me vuelva más aficionada al cine, a las oficinas bancarias y a los centros comerciales. Si tengo uno, lo instalaré. Pediré poner aquella garrafa para ir vertiendo el agua y yo también calentaré, con concreción y conciencia, el planeta. Pronto, la dieta mediterránea –esta ilusión que nos hemos inventado para no hablar de cocina catalana– será dieta tropical.

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