Hace pocos días tuvo lugar un acto especialmente emblemático: la entrega del fondo documental de Convergència Democràtica de Catalunya al Archivo Nacional, con sede en Sant Cugat del Vallès. El evento contó con la presencia de los máximos representantes institucionales del país, los presidentes Salvador Illa y Josep Rull, y tuvo una carga simbólica y emotiva, más de sentimiento que de nostalgia, y con lecturas que tienen que ver con el presente y el futuro de Catalunya. El hecho de que el presidente Jordi Pujol asistiera al acto ayudó a transmitir una sensación de historia viva y de hilo conductor de proyecto de país, que enlaza historia reciente con inquietudes y retos actuales.
Convergència ya no existe, y sin embargo el proyecto convergente es más necesario que nunca. Lo es porque vienen unos años, no sabemos cuántos, en los que el escenario más probable será un tándem PP-Vox en España y un tripartito de izquierdas en Catalunya. Para encarar una situación como esta, para resistir, pero también para avanzar, hace falta un proyecto netamente catalanista, portador de modernidad, y con voluntad de cohesionar la sociedad. Debemos tomar conciencia de que los cimientos de nuestro país están en riesgo: está en riesgo la identidad, está en riesgo el estado del bienestar, y está en riesgo nuestro modelo económico. Pero también debemos ser conscientes de nuestras capacidades, de nuestras energías y de nuestros talentos para hacer frente a los retos mencionados. Recordemos a Churchill diciendo que cuando el peligro está lejos debemos pensar en nuestras debilidades, pero que cuando está cerca no debemos olvidar nuestras fortalezas. Y ahora, lo tenemos bien cerca...
¿Cuáles son nuestras fortalezas? Hay muchas, pero destacaré tres. La primera es nuestra identidad, con dos pilares que la sustentan: la lengua y la cultura. Sin esto, sin más, dejamos de ser lo que somos. Estos pilares se han mantenido sólidos en el transcurso de una larga trayectoria plagada de golpes, de obstáculos y de intentos de demolición. Que la identidad catalana siga viva, y que pueda sobrevivir y avanzar, es la prueba latente de una voluntad de hierro y de un compromiso compartido.
La segunda fortaleza es la gente, tanto en su vertiente individual como asociativa o comunitaria. Este es un gran elemento diferencial de otras naciones, en las cuales los poderes públicos, el Estado, han sido mucho más determinantes. No es nuestro caso. Cataluña ha progresado, con pocas excepciones temporales, sin poderes públicos, y a menudo contra los poderes públicos. Ciertamente en las últimas décadas tanto la Generalitat como las corporaciones locales han hecho mucho trabajo de poner el país al día, y con bastante éxito si recordamos de dónde veníamos. Sin embargo, esta realidad no desdibuja el argumento principal: Cataluña la ha hecho la gente. Hace pocos días tuvimos una muestra deslumbradora: visita papal a la Sagrada Familia, un templo icónico en el mundo, fruto de un genio creativo con una voluntad y un compromiso sin límites, décadas de esfuerzo y de constancia, ausencia de dinero público en su construcción, en un entorno urbanístico, el Eixample, diseñado por otro genio disruptivo, Cerdà, y ambientado por los cantos de una escolanía decana en todo el continente europeo. Todo privado, toda gente, todas personas.
La tercera fortaleza descansa en un espíritu abierto, de vanguardia y de modernidad. Identidad y modernidad no son polos opuestos, forman parte de la misma esfera. Esta mentalidad abierta resulta fundamental para progresar. Cataluña, tierra de paso y de acogida, permeable a aportaciones de personas con orígenes diferentes; Cataluña pueblo inquieto y curioso, con ganas de conocer mundo y de proyectarse al mundo; Cataluña creativa, receptora y a la vez exportadora de talento, con gusto por el trabajo bien hecho, que es aquella que no tiene fronteras. Si Cataluña pierde su apuesta por la calidad, en todos los ámbitos, quedará mucho más débil y precaria.
Convergencia supo conectar y responder a estas fortalezas. Hoy, y para los tiempos venideros, hay que volver a activarlas. Serán no solo nuestra defensa ante las embestidas que vendrán, sino también las fuentes de energía que alimentarán nuestro progreso y nuestro despegue como país y como sociedad.
Todo esto respondía a una manera de ser, de entender a nuestro pueblo. No obstante, Convergencia era también una manera de hacer. Podríamos definirla así: suficiente pragmatismo para entender que la ideología no puede secuestrar el país; suficiente idealismo para que el país no se duerma en la zona de confort; coraje para tomar decisiones alejadas del populismo, de la demagogia y de la hipocresía; capacidad de crear consensos y de construir pactos con aquellos que son diferentes y tienen otras visiones; visión y concepción integrales del país, tanto en cuestión de personas como de territorios. Seguro que no siempre se fue fiel, al pie de la letra, a esta manera de hacer. Pero siempre se tendió a actuar con este talante.
El otro día, en el Archivo Nacional, se hablaba de entregar un legado. A mi parecer, sin embargo, lo que resulta determinante es entender los códigos de este legado para descifrar presente y futuro. Y, afortunadamente, me constan los esfuerzos de mucha gente en este sentido.