El ARA se hacía eco esta semana de un estudio de cuatro economistas alemanes que analizaba millones de transacciones de importaciones en Estados Unidos. La conclusión era demoledora: entre el 94% y el 96% del coste de los aranceles impuestos por Washington no lo han asumido los exportadores extranjeros, sino los propios americanos. Los precios no han descendido. Han subido. Los aranceles han funcionado como un impuesto interno encubierto. Un gol en propia puerta. Leído así, el mensaje parece tranquilizador para Europa. Si los aranceles los pagan los americanos y todo sigue más o menos igual, el daño es limitado. Esta lectura es incompleta. Y, sobre todo, engañosa.
Las exportaciones europeas a Estados Unidos sí han caído con fuerza en numerosos sectores. Los datos de Eurostat muestran descensos relevantes durante el último año, de dos dígitos. Y, sin embargo, el PIB estadounidense ha seguido creciendo. Lo ocurrido es más incómodo para Europa. Primero, una parte significativa de las importaciones europeas ha sido sustituida por importaciones de terceros países, no por producción estadounidense: México, Vietnam, India, Corea del Sur. El comercio no ha vuelto a casa. Se ha desviado. Europa ha perdido cupo. Otros la han ganado. Estados Unidos ha seguido comprando fuera.
Segundo, otra parte del ajuste se ha convertido en recaudación fiscal. Si el arancel lo paga el consumidor americano, ese dinero no desaparece. Entran en las arcas públicas. Y en un país con una política fiscal muy expansiva, ese ingreso acaba sosteniendo gasto, inversión y actividad.
Tercero, el consumo estadounidense no se ha destruido, se ha desplazado: menos bienes importados caros y más servicios; menos unos productos, más otros. El volumen total de gasto se mantiene. Cambia su composición. El PIB sigue creciendo sin necesidad de una gran reindustrialización.
El resultado agregado es éste: Europa pierde exportaciones. EEUU no gana industria. Otros países ganan cuota. Y el consumidor americano paga la factura mientras el estado la redistribuye. Éste es el verdadero "gol en propia puerta" que sugiere el estudio alemán, aunque no siempre se subraya lo suficiente. No tanto para Estados Unidos, que ha sabido amortiguar el impacto, como para Europa, que ha quedado atrapado entre un proteccionismo que no puede imitar y una pérdida de peso comercial que sí sufre. Los aranceles no han sido neutros, han cambiado el mapa, y Europa no ha salido reforzada. Todavía hace falta dejar pasar unos meses para valorar del todo lo que ha pasado, pero, de momento, la industria europea parece ser la gran perdedora de esta historia.