Hay una primera crisis del petróleo. Lo enseñamos en todos los cursos de historia económica. La crisis se inició en octubre de 1973 a raíz de la guerra del Yom Kippur, cuando Arabia Saudí, al frente de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), negó la venta de petróleo a los países que se habían alineado con Israel. Rápidamente, la propia OPEP transformó el boicot en incrementos de precio. Ante la rigidez de la demanda mundial de petróleo, la OPEP pudo repetir los incrementos de precio varias veces hasta llegar a multiplicarlos por cuatro en unos pocos meses, un impacto que se extendió por todo el mundo y favoreció el enriquecimiento obsceno de los grandes exportadores.
En el mundo hubo varias reacciones. Por lo general, los países consumidores tuvieron que reducir el consumo de petróleo y sus derivados. El cambio horario de este próximo fin de semana fue una de las muchas reacciones, en una época en la que las fábricas –que eran las principales empleadoras– empezaban la jornada de trabajo muy pronto y disponer de luz del día antes en invierno parecía una buena idea. En muchos países se limitaron los días que podía conducirse y las iluminaciones navideñas. En general, hubo una gran conciencia de que la gasolina y el gasóleo procedían de petróleo importado, que se había encarecido y cuyo consumo debía ahorrarse.
Dentro de esta reacción general, hubo estados que trataron de compensar la falta de petróleo con medidas para las empresas y los trabajadores (Reino Unido, Francia e Italia; también EEUU, a pesar de que eran productores). Esto provocó inflación y puso en marcha un círculo vicioso de subidas salariales, facilidades de endeudamiento en las empresas y más inflación, que llevó a lo que se conoció como "estagflación" (estancamiento con inflación). De 1974 a 1979 la estaflación se extendió a grandes países occidentales y los abocó a una completa pérdida de competitividad. El estado se metía demasiado en la vida económica y alimentaba una inflación descontrolada. De ahí salió la reacción thatcheriana en Reino Unido y la reaganiana en EEUU.
Otros países –la República Federal de Alemania y Japón, grandes importadores de petróleo–, se hicieron el cargo de que la crisis había venido para quedarse y que su falta de petróleo debía corregirse liberándose en lo posible de la necesidad de importarlo tanto. Repercutieron totalmente los incrementos de precios en los consumidores e incentivaron a particulares y empresas a ahorrar el consumo de productos petroleros. En pocos años sus industrias fueron abandonando los sectores más consumidores de petróleo (industria pesada, en general) y se adentraron en nuevas tecnologías menos intensivas en energía –electrónica y la microelectrónica–, que les permitirían entrar en una nueva ola de progreso y competitividad industrial que les dio décadas de prosperidad.
Otros –España, pero no solo– negaron la crisis. En esos años finales del franquismo, con Franco enfermo y su muerte visiblemente cercana, los gobiernos del dictador decidieron asumir los costes del petróleo más caro reduciendo la recaudación de impuestos sobre los carburantes. El principal impuesto indirecto desapareció en muy poco tiempo y se pasó a subvencionar el consumo de gasolina. El resultado fue que España se convirtió en atractiva para las industrias más consumidoras de energía, que se instalaron allí para disfrutar de estas subvenciones.
Cuando la crisis del petróleo se repitió a raíz de la guerra entre Irak e Irán (1979-1981) y los precios se multiplicaron de nuevo por tres, los primeros países habían cambiado su modelo de estado del bienestar por uno de capitalismo de mercado muy competitivo, con mucho empobrecimiento; los segundos habían hecho una nueva revolución industrial y se convertían en las economías más avanzadas del mundo, y los terceros estaban inmersos en una crisis industrial sin esperanza. España había elegido el último camino y lo pagó muy caro, con una crisis de diez años, paro masivo y una industria muy nueva pero completamente obsoleta, a reconvertir.
Dado que esta guerra puede seguir por bastante tiempo y que el encarecimiento del petróleo durará mucho debido a la destrucción de la capacidad productiva, ¿qué camino queremos seguir? Por ahora parece que decidimos repetir el modelo tardofranquista: subvencionar el consumo de derivados del petróleo y esperar a que la suerte nos acompañe. Esto no debería ser en modo alguno una solución que se consolidara. Económicamente, sería un gran error que volveríamos a pagar caro. Se convertirían en más pobres sin haber intentado convertirse en más productivos y competitivos consumiendo menos petróleo de importación. Además, subvencionaríamos a los países vecinos, como ya se ha empezado a ver. Mientras, habría que inspeccionar y multar a quienes han incrementado precios antes de que se hubieran subido los costes de sus abastecimientos. Ellos son los primeros y principales beneficiarios de las subvenciones.