De cristianos y marxistas
Este fin de semana he leído Por qué soy marxista y otras confesiones, de Alfons Carles Comín (1933-1980), que la editorial Laia publicó hace tan solo 47 años, en junio de 1979 (en realidad se trata de un conjunto de artículos, algunos de los cuales habían visto la luz bastantes años antes). Para adaptarse mejor a la moda ideológica de aquel tiempo, el título es engañoso. En realidad se debería haber dicho Por qué soy cristiano-marxista, tal como aparece literalmente en la primera frase del ensayo de Comín; el año 79, sin embargo, habría sido bastante problemático: las modas, todas, generan sus correspondientes anticuerpos. A pesar de ser inencontrable, les recomiendo este libro. Formula una de las aproximaciones más matizadas e históricamente informadas sobre la relación entre cristianismo y marxismo en la Cataluña tardofranquista, y en el contexto europeo del post-Concilio Vaticano II. Hay que decir que otros autores de la misma época ni estaban tan bien informados ni matizaban mucho. El planteamiento de Comín nace de un doble compromiso: con la tradición obrera y con el cristianismo vivido como exigencia ética radical. Esta perspectiva le permite leer el marxismo no como una sustitución de la fe, sino como una hermenéutica histórica capaz de revelar las estructuras de opresión que el cristianismo, en su versión institucional, a menudo había ignorado o incluso legitimado. Comín no provenía precisamente de una familia obrera, ni mucho menos marxista, pero sí católica. En la página 22 afirma que Cataluña ha sufrido ""un intento de auténtico genocidio étnico". ¡Poca broma!
En aquel escenario políticamente incierto y socialmente convulso, Comín rechaza tanto el cristianismo institucional desvinculado de la realidad social como el marxismo reduccionista que niega toda dimensión simbólica o trascendente a la experiencia humana. El cristianismo contiene un impulso liberador que solo se realiza plenamente cuando se encarna en la historia: el Evangelio, según él, apunta a una transformación radical de las relaciones sociales. Y el marxismo, por su parte, ofrece un análisis supuestamente "científico" de la explotación y una praxis colectiva orientada a la superación del capitalismo. Comín defiende una dialéctica en la que el cristianismo aporta una antropología de la dignidad, una crítica de la idolatría del poder y una ética de la fraternidad, mientras que el marxismo proporciona una metodología y una práctica organizada de lucha. La verdad es que, dicho así, todo suena muy bien –demasiado bien incluso, quizás–. Subrayo la honestidad intelectual de este escrito: Comín no cristianiza a Marx ni “marxifica” a Jesús, y reconoce, además, tres puntos de tensión inevitables. La primera y más obvia es la cuestión de la trascendencia. El marxismo ortodoxo define la religión como el opio del pueblo. La segunda tiene que ver con la violencia revolucionaria. Comín admite la necesidad de conflicto social, pero rechaza la sacralización de la violencia y defiende una praxis que mantenga abierta la dimensión ética. El tercer punto es el papel de la Iglesia, una institución históricamente ligada al poder, pero que puede –que debe– convertirse en espacio de solidaridad con los oprimidos (con todos).
¿Cuál era el objetivo? Superar la falsa alternativa entre fe y emancipación. Su marxismo es crítico, no dogmático; su cristianismo es histórico y comprometido, no formalista ni rigorista. En un tiempo de despolitización y de crisis de relatos colectivos, la propuesta continúa interpelando: solo hay cristianismo allí donde hay lucha por la justicia, y solo hay transformación social duradera allí donde la dignidad humana está garantizada. Insisto en que todo ello parece bastante convincente. Solo lo parece, pero... La incompatibilidad profunda entre cristianismo y marxismo se puede reducir a esta barrera conceptual: la fuente última de salvación y sentido no puede ser simultáneamente trascendente e inmanente-histórica. El marxismo afirma que la liberación humana proviene exclusivamente de la transformación material de las estructuras sociales; el cristianismo, de una trascendencia que se encuentra más allá de la historia, que la sobrepasa. Hay una segunda cuestión menos filosófica, o más terrenal, aunque igualmente importante: la de las enormes contradicciones que generó en Cataluña aquel intento de hibridación. Algunas derivan de la inercia de aquellos tiempos; otras, en cambio, son injustificables y más o menos vergonzosas. Si les interesa el tema, les recomiendo el excelente ensayo de Agustí Pons Católicos, comunistas y cía. (Ediciones del 1984). No, no nacimos ayer, y aunque parezca redundante o tópico, conviene recordarlo periódicamente.