¿Debe haber límites a la IA?

La generalización del uso de la inteligencia artificial (IA) ha sido imparable desde el desembarco de ChatGPT en las redes en noviembre de 2022. En cuestión de poco tiempo, mucho menos que la expansión de internet, por ejemplo, ha entrado a formar parte del día a día de los ciudadanos a través de las grandes tecnológicas que la han incorporado a sus productos, como los buscadores (Google), el correo y sistemas de comunicación (Gmail y WhatsApp) o las redes sociales (X). No solo se ha convertido en una herramienta de mejora de productividad para los sectores económicos, sino que las personas la utilizan también para todo tipo de tareas, algunas incluso peligrosas o cuestionables.

Siempre que ha habido innovaciones y avances se han producido rechazos. Y han provocado el nacimiento de movimientos de oposición, como el ludismo, revivido hoy como neoludismo, una corriente moderna crítica con la tecnología que destaca solo la parte más negativa y los efectos que tiene sobre la salud, el trabajo o el medio ambiente. Que tiene efectos es una evidencia, y dependen del uso que se puede hacer o se hace, como con la energía nuclear, que sirve para generar electricidad pero también para hacer bombas atómicas, como las de Hiroshima y Nagasaki. Teniendo en cuenta todo esto, es evidente que la IA no puede ser un territorio sin ningún tipo de limitación, como pasa con las redes sociales. Y más teniendo en cuenta que se encuentra en manos de una reducida élite tecnológica que debería someterse de alguna manera a normas, como pasa en otros sectores económicos.

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A escala de la Unión Europea (UE) se aprobó la ley de inteligencia artificial, el primer reglamento integral en el mundo para regular esta tecnología. Pero con esto no basta. No se puede dejar esta tecnología en manos de un pequeño grupo de multinacionales de los Estados Unidos, o de China. La UE debe pisar el acelerador para tener sus propios campeones, la única manera de ganar autonomía estratégica y aplicar valores a la europea.

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Y los gobiernos deben tener también planes de transición para hacer frente a las consecuencias de la IA en el mercado laboral. La consecuencia de tener en cuenta solo las ventajas desde la óptica economicista tiene riesgos, tal como ha recordado esta semana el fundador de Microsoft, Bill Gates. "Será el gran igualador o la peor fuente de injusticia", destacó, al mismo tiempo que advirtió que "algunos puestos de trabajo desaparecerán para siempre" si no se toman las medidas correctas.

Hace unas semanas The Economist tituló: "El apocalipsis del trabajo". Y un estudio hecho por Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas, investigadores vinculados a la Wharton School de la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Boston, también lo alertaba. Estos expertos advertían que si la IA suprime puestos de trabajo para ganar productividad más deprisa que el ritmo al cual la economía puede absorberlos, existe el riesgo de erosionar la demanda de los consumidores y de penalizar, por tanto, los resultados de las mismas empresas. Son todos elementos que se deben tener en cuenta.

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Como escribía hace poco Garton Ash en una metáfora que también usa la directora de la cátedra SoReDI de Esade, Liliana Arroyo: "Da la impresión de que tenemos entre manos diez proyectos Manhattan –la iniciativa militar que desarrolló la bomba atómica–, pero una Hiroshima de la IA no es evidente". Los riesgos sociales son evidentes: desde la sustitución de la fuerza de trabajo humana hasta la pérdida de capacidades cognitivas por hacer un uso excesivo. O la eclosión de los centros de datos y su impacto en el medio ambiente, que ha llevado al gobierno español a la consulta pública para poner condiciones a su expansión.