La mano invisible, según Adam Smith: “Cada persona utiliza su capital para satisfacer sus necesidades inmediatas, pero una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entra en sus propósitos, promover mercados eficientes en un complejo agregado que nadie puede entender del todo [...]”. La supremacía del mercado. Hayek describió esta mano invisible como un patrón imperceptible e insondable, pero sólido y determinante. La dinámica del mercado hace posible que las personas actúen por su lado, en la ignorancia del conjunto, sin que nadie les tenga que decir qué han de hacer.El capitalismo convencional, hasta el siglo XXI, se sostenía por una relación recíproca entre empresa y sociedad, entre economía y democracia. Cuando en 1965 General Motors tenía un valor de unos 25.000 millones de dólares (unos 225.000 millones de dólares actuales), daba empleo a 735.000 trabajadores; hoy, Alphabet (la empresa matriz de Google) tiene un valor de unos 2 billones de dólares y unos 190.000 trabajadores, y Meta (matriz de Facebook), más de 1 billón de dólares de valoración y 79.000 empleados. La reciprocidad se ha perdido, más aún por la capacidad que tienen las empresas de condicionar la demanda: no necesitan el mercado, lo crean ellas. La concordancia entre los intereses empresariales, económicos, políticos y sociales se ha debilitado. Hay quien mantiene, con fundamento, que las reciprocidades del pasado estuvieron en el origen de la relación amable entre mercado y democracia. Se necesitaban mutuamente. Aquel equilibrio se ha perdido. El mercado domina la democracia. De aquí la relevancia creciente del beneficio económico descarnado. La derecha no oculta nada sus intereses...
Daron Acemoglu y James Robinson, en ¿Por qué fracasan los países, exponen “que el proceso de retroalimentación positiva” entre las industrias y las instituciones políticas condujeron a las reformas estructurales que hicieron llegar la democracia al Reino Unido antes que al continente. Frenar las demandas populares por la fuerza habría reducido los beneficios empresariales y la ocupación: no interesaba a nadie, ni a burgueses ni a proletarios. Hubo entendimiento y por tanto reforma, y el inicio de la democracia moderna.Por otro lado, actualmente sufrimos una “indiferencia radical” que consiste en igualar la importancia de todos los hechos, en minimizar la importancia de las falsedades, y en un entorno en el que mentir no tiene consecuencias. Ha convertido en un terreno pantanoso el área social de las informaciones y noticias que relativizan la importancia de la veracidad y dificultan la verificación. Las fake news son señales distorsionadas que provocan costes personales y sociales porque dificultan la distinción de lo que es cierto de lo que no lo es. En el período previo a las elecciones presidenciales de EE. UU. los americanos fueron sometidos a un mar de información, 760 millones de noticias, muchas falsas, para impulsar la candidatura republicana... Pasó algo similar en el Reino Unido antes del referéndum del Brexit. La gran cantidad de información hace la falsedad más eficaz.
El equilibrio entre democracia y mercado se ha debilitado por los excesos del capitalismo y las carencias de la democracia, las cuales se han querido subrayar para orientar la opinión pública hacia la idea de que la democracia es débil. Esto supone un importante cambio entre el siglo XX y el XXI. Hoy las empresas son más libres para maximizar el beneficio en detrimento de cualquier otro objetivo. Es evidente que la razón teórica que esgrimen las redes sociales para renunciar a controlar los contenidos que difunden –la más “absoluta libertad”– está relacionada con la capacidad de captar usuarios. Por encima de todo interesa tener usuarios, nada más.El exceso de poder del capital sobre la democracia es tan explícito que no es un disparate pensar que será precisamente el capital el que cambiará la opinión pública si no hay una revuelta contra el adormecimiento social. Y la única esperanza, en este sentido, es Europa; los EE. UU., al menos a corto plazo, no reaccionarán. Ya pasó en la época del maccarthismo de los años 50, que, a pesar de que no tuvo ni de lejos la fuerza actual del autoritarismo, sí que duró más de una década, con consecuencias en dos.
El enfoque del progreso tecnológico para controlar la naturaleza, el vapor, la electricidad, el telégrafo, la aviación ha sido una constante. Pero se ha acabado: hoy el interés principal del avance tecnológico es dominar la naturaleza humana, la opinión, las ideas. De ahí el peligro de la digitalización y la IA, que nos hará más capaces, pero también más dependientes.Algunos intentan hacer ver que la regulación y las leyes reducen la libertad. Vienen a decir que la ideología de izquierdas es un dominio que el mundo, que quiere ser libre, debe eliminar por anticuado. He aquí el escudo ideológico que lo permite todo y que, presuntamente, “demuestra” que es en el entorno actual que somos de verdad libres... cuando en realidad este entorno es una selva y una desregulación absoluta. Quien lo predica conoce las limitaciones de la afirmación. Pero nadie lo detendrá porque las modas son ahora tan importantes como antes, y oponerse a ellas no conviene, ni por beneficio ni por estética.