Donald Trump el 20 de marzo en la Casa Blanca.
23/03/2026
Periodista
3 min

El caos en las bolsas es siempre una línea roja para Donald Trump. Hace días que la guerra en Irán se le ha escapado de las manos, que los objetivos de Washington y Tel Aviv comienzan a divergir sobre el terreno, mientras la factura política y económica interna, en Estados Unidos, en un año de elecciones de medio mandato, acelera el desgaste de los republicanos. Trump se ha metido en una guerra que no sabe contar ni terminar. El presidente, que regresó a la Casa Blanca con una retórica inflamada contra la inflación y el coste de las guerras exteriores que han lastrado a Estados Unidos, ha visto cómo se tambaleaba la estrategia energética y la influencia geopolítica en cuestión de días. Pero la respuesta a todos estos miedos ha sido tan errática como su doctrina: del ultimátum en Teherán al anuncio de una pausa para negociar en cuestión de horas, mientras el régimen iraní niega que haya diálogo abierto.

Pero mientras la agenda de Washington se complica, la de Israel se materializa de forma cada vez más clara. Debilitar a Irán no es lo mismo que un cambio de régimen. Los casos de Siria, Libia e Irak han demostrado que la desintegración del estado ha traído inseguridad persistente a la región en vez de ganancias estratégicas que ningún actor pudiera capitalizar.

Pero, visto desde Tel-Aviv, el horizonte de un período prolongado de caos interno en Irán, con un régimen debilitado tanto internacionalmente como en la región, de momento ya ha servido para reforzar el apoyo a Benjamin Netanyahu en las encuestas de intención de voto cara a las elecciones de otoño. Y es que, en el descontrol de la onda expansiva de la respuesta iraní, Tel-Aviv despliega al mismo tiempo hasta cuatro confrontaciones distintas –y, desde su punto de vista, estratégicas–: el ataque sobre Irán y el debilitamiento de un régimen que clama la destrucción de Israel; la invasión terrestre del sur del Líbano; la violencia coordinada contra los palestinos de Cisjordania, que no ha parado de crecer desde la guerra en Gaza; y la confrontación entre Irán y los países del Golfo, que afecta directamente a las relaciones que el gobierno de Netanyahu había establecido a través de los Acuerdos de Abraham.

En cambio, Donald Trump ha probado los límites de su capacidad para imponer su visión coercitiva del mundo, incluso sobre una Unión Europea que se resiste, sin embargo, a verse arrastrada a la defensa del estrecho de Ormuz. Crece la tensión transatlántica y la fractura interna en el movimiento MAGA. La prensa estadounidense comienza a especular sobre la salud mental del presidente, y las perspectivas electorales del Partido Demócrata reavivan.

Mientras Trump busca una salida del incendio desatado en Oriente Medio, los países de la región comienzan a hacer cábalas sobre las consecuencias que puede comportar un orden de posguerra en Oriente Próximo basado más en la influencia israelí que en la estadounidense. Además, los países del Golfo, tradicionales aliados de Washington, se han convertido en el objetivo de unos ataques iraníes que afectan directamente a su economía e infraestructuras críticas. Acabe como acabe –y cuando acabe–, la guerra habrá erosionado la confianza en la gestión del orden regional por parte de Estados Unidos.

Trump se ha consagrado ya como la gran disrupción presente, a escala global e interna. La dependencia respecto a EE.UU. es tóxica, incluso para aquellos que, como la Unión Europea, todavía la ven inevitable. Mientras Trump busca la forma de salir de la guerra de Irán, el mundo acelera la diversificación de alianzas para desconectarse de Estados Unidos. En tan sólo un año, el presidente estadounidense ha sido capaz de erosionar décadas de construcción de un sistema internacional a medida de los intereses de Washington. Algunos expertos hablan hoy del orden global actual como "el mundo menos uno". Asistimos a una aceleración de la recomposición de las alianzas globales. Pero Trump es aún el elemento imprevisible que determina los miedos y las afinidades de intereses y necesidades que están redefiniendo la geopolítica mundial.

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