El curioso homenaje de Zara a la etnia gitana
Zara lo ha vuelto a hacer. Sin ningún pudor ni vergüenza, se ha paseado por el supermercado de las luchas sociales, las culturas underground y las identidades simbólicas con el carrito bien abierto: un poco de marginalidad que dé pedigrí, alguna figura incómoda de esas que en vida estorbaban y, sobre todo, una buena dosis de rebeldía. Eso sí: todo bien domesticado. Todo ello, pasado por el hervor rápido del fast fashion, retráctil y listo para ser consumido en forma de identidad prefabricada. ¿Y esta vez, a quién le ha tocado entrar en la trituradora del turbocapitalismo? A Camarón de la Isla.Y esto en pleno año Camarón, coincidiendo con los 75 años del nacimiento del icónico cantaor, una figura que no solo fue una voz excepcional del flamenco, sino también uno de sus grandes renovadores. A partir de La leyenda del tiempo, abrió el género a nuevas sonoridades y sensibilidades, y lo desplazó de un espacio casi fosilizado hacia un territorio vivo y en tensión con el presente. Pero, además, contribuyó a desbordar la imagen social de la cultura gitana más allá del cliché al que había estado sometida durante el franquismo, atrapada entre el folclorismo y la marginalidad. Junto con figuras capitales como Paco de Lucía, amplió los imaginarios alrededor de la identidad gitana, tanto desde dentro como en su proyección pública.
Y ante esto, Pull&Bear, marca del grupo Inditex, ha considerado del todo oportuno rendirle homenaje con una colección cápsula. ¿Pero cuál puede ser el homenaje más justo y proporcionado para una figura de esta altura? Pues muy fácil: un par de camisetas con su cara, otra con un fragmento de La leyenda del tiempo y diversas alusiones al barrio de San Fernando. Tampoco faltan manos haciendo palmas ni el tópico imprescindible del toro. Mención especial merece el mini short –de aquellos que te dejan un tercio del trasero al aire– con la palabra “Camarón” estampada de arriba abajo del culo. Todo ello, dispuesto entre camisetas de manga raglán, tejanos de campana y chaquetas de cuero, en una estética que oscila entre la nostalgia impostada y una especie de quinquisme de postal, más cercano a la estética de películas como El pico o La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia que no a una realidad vivida.
Pero aquí no se acaba el exitoso homenaje. La colección va acompañada de un vídeo promocional en el que la cantante Amaia Romero interpreta Volando voy en clave de pop indie intimista, con un acompañamiento de piano que diluye el pulso flamenco. Una operación de desflamencización bastante elocuente que, por otro lado, no desentona con los cuerpos que habitan el vídeo: modelos de físico normativo, lejos de los rasgos habitualmente asociados, a menudo de manera estereotipada, a la identidad gitana. Aparecen también dos chicas bailando y dando palmas, pero resulta significativo que no estén identificadas en ninguno de los materiales oficiales, mientras que sí lo están la cantante, la dirección e incluso la familia de Camarón. Una vez más, el flamenco queda relegado a telón de fondo: un cuadro que ambienta, que exotiza, pero que no habla. Esta exotización se completa con la figura del chico medio salvaje que atraviesa el vídeo, que aporta el toque de indomable justo y necesario, pero refuerza al mismo tiempo una imagen problemática: la de la alteridad reducida a instinto, a margen, a inadaptación. No hay sujetos, solo signos. Y, a partir de aquí, vayan pasando por caja.Esperamos que esta colección venda lo que tenga que vender, pero que pase deprisa por nuestra retina sin instalarse y le ahorremos, al pobre Camarón de la Isla, acabar integrado en el repertorio de caras lastimosamente estampadas que pueblan tantas camisetas en todo el mundo: la del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda, la de Bob Marley o la de Frida Kahlo. Figuras que en su momento encarnaron ideales, protagonizaron luchas o sacudieron culturas enteras, pero que hoy, como los rostres esculpidos en el Mount Rushmore, han quedado petrificadas en un vacío consumista tan masivo como acrítico. Una comunidad como la gitana, históricamente estigmatizada y condenada a la periferia, no necesitaba este homenaje. Y si Inditex realmente quería reivindicar a Camarón, quizás habría tenido que empezar por algo mucho menos vistoso y mucho más incómodo: entender qué significaba cantar como cantaba.