Estamos en Semana Santa. En España eso significa procesiones, pasos, saetas, cofradías y ciudades enteras organizadas alrededor de un calendario que no es solo religioso, sino también cultural. En Catalunya significa también monas, palmas y palmones, escapadas familiares y visitas a lugares emblemáticos ligados a la tradición cristiana. Muchos catalanes de origen andaluz vuelven estos días a su tierra para reencontrarse con la Semana Santa, que sigue teniendo una fuerza enorme.
Todo eso convive con un cierto desprecio intelectual. No por todo el mundo, por supuesto. Pero en buena parte del progresismo político y urbano, la tradición religiosa católica suele contemplarse con una mezcla de desdén, ironía y superioridad moral. Se tolera como una costumbre pintoresca, un residuo antiguo. Se cuestiona la religión, se caricaturizan sus símbolos.
Lo curioso es que ese mismo país que desprecia sus tradiciones las convierte, llegado abril, en una formidable máquina económica. Renfe ha programado tres millones de plazas para esta Semana Santa. En muchos destinos las reservas hoteleras rozan el lleno: Cuenca, Toledo, Andalucía, por poner algunos ejemplos. La tradición mueve personas, llena hoteles, sostiene restaurantes, activa comercios, genera empleo temporal y da sentido económico a muchos territorios.
Sevilla ha sofisticado incluso la gestión pública de sus procesiones con mapas, control de aforos y dispositivos especiales de movilidad. Barcelona mantiene la Fira de Rams en la Rambla de Catalunya, donde se venden palmas, palmones y laurel. Las pastelerías catalanas exhiben ya sus monas como pequeñas obras de artesanía competitiva. Todo eso es economía real.
La paradoja merece atención. Se minusvalora el legado y luego se celebra su impacto en la hostelería, el transporte y el turismo interior. Se critica el símbolo y se aplaude la caja.
Bienvenida sea toda esa actividad económica. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que forman parte de nuestro legado. De una herencia histórica, cultural y moral que ha contribuido a modelarnos como sociedad. Uno puede no ser creyente, no practicar, no compartir la fe católica y aun así entender perfectamente que no se puede vivir de espaldas a la tradición judeocristiana que ha configurado buena parte de nuestra cultura, de nuestra sensibilidad, de nuestra idea del bien y del mal, de nuestra forma de entender la vida en común.
Cada uno abrazará estas fechas desde un lugar distinto: desde la fe, desde la emoción familiar, desde la memoria, desde la costumbre o desde la simple herencia. Todo eso es legítimo. Lo que resulta más pobre es mirarlas con desprecio dogmático, como si fuesen una reliquia incómoda que solo se tolera porque deja dinero. Son parte de nosotros. Y convendría recordarlo también en Semana Santa.