El racismo es general. Adoptará la forma de una xenofobia explícita o sacará la cabeza en la microdiscriminación cotidiana, pero no hay ninguna sociedad que se escape de ello. Por supuesto, tampoco la sociedad catalana que piensa y vive en catalán.Pero el racismo en las gradas durante el España-Egipto es de ellos. En Catalunya lo conocemos bien. Es el producto del nacionalismo español, el de una lengua y una religión (“¡Habla en cristiano!”), una bandera (“¿Qué pone en tu DNI?”) y un ideario de ultraderecha. Solo hay que repasar el muestrario completo del martes: gritos contra Puigdemont, contra Sánchez y contra los musulmanes. Una cultura política empapada de siglos de contrarreforma, de “¡Que inventen ellos!” y de “Una, grande y libre” no desaparece porque lo dijera una Constitución hace 47 años. La prueba fue la falta de reflejos de la Federación Española a la hora de activar los protocolos antirracismo. Les debió parecer que no era para tanto, o que ya pasaría. Claro, es la misma Federación que tuvo un presidente que se cogía el paquete en el palco para celebrar la victoria de España en el Mundial femenino.Preguntarse cómo es que 20.000 personas pudieron cantar espontáneamente “¡Musulmán el que no salte!” no solo es desconocer la desinhibición y la imitación que funciona en los campos de fútbol, sino no entender de qué está hecho el nacionalismo español repartido por todos los partidos pero que sobre todo vota Vox.Finalmente, no es casualidad que el aquelarre pasase en Cataluña, donde los partidos de la selección española quieren ser un banal recordatorio de asimilación y una fiesta de la normalización, sobre todo después del 1 de Octubre. La grada española en Cataluña asiste a más que un partido y los organizadores lo saben. Por eso los hacen. Esta vez les salió tan mal que el mundo se pregunta si con esta gentuza se puede organizar un Mundial. Y con Marruecos.