09/09/2026 - 13:30 h.
2 min

Además del calor terrible que ha hecho, la preocupación de este verano ha sido Ceuta. El alud de inmigrantes entrando en la ciudad se ha ido reproduciendo en todas las pantallas europeas, y seguro que ha favorecido la victoria de Alternativa para Alemania este domingo.En España se ha añadido la cuestión colonial. Como si fuera una serie, he ido siguiendo en las noticias la gestión descuidada y extraña, las manifestaciones patrióticas, las reacciones políticas y el desbarajuste. Siendo catalán, no me preocupa en absoluto la “integridad territorial” española, de modo que he podido seguir el tema con curiosidad, es decir, con el punto de indiferencia necesario para comprender. La conclusión que he sacado es que, geoestratégicamente, España pinta tan poco en las decisiones de las grandes potencias como poco pinta la autonomía catalana en las decisiones del Estado. Así me explico la inacción desconcertada del gobierno, y la politiquería y las teorías conspiratorias me las miro como un espectáculo de títeres.Este espectáculo, sin embargo, ocupa los noticiarios y acaba eliminando de las portadas la atención hacia el campamento de Ceuta, que, en el mejor de los casos, se cronificará. Cronificar hasta normalizar es la manera de esconder los problemas. Y se debe esconder el problema porque en este caso, nos guste o no, la crudeza de la miseria ya no despierta curiosidad, sino interés moral. Ver la realidad descarnada llamando a la puerta de casa deja en evidencia la instrumentalización política tanto de los de derechas como de los de izquierdas. Ahora ya no es tan sencillo desviar la mirada hablando de los “papeles para todos” o de la “repatriación forzada”, y el problema que no se quería ver sobresale e impresiona.

Antes del verano, en una cena de amigos, surgió la discusión de si, pudiéndolo saber, era mejor o no que el médico te dijera cuánto tiempo de vida te quedaba. La pregunta era: ¿el médico debe decirle al enfermo lo que le queda, o es mejor que lo delegue en la familia? Que el médico tenga que decidir a quién se lo dice es injusto para él, pero debe formar parte de su trabajo, tan basado en la responsabilidad y por eso tan necesario. Con la inmigración, como con la enseñanza o con el catalán, pagaremos el precio de no habernos hecho responsables de ello, en otras palabras, de no haberlo pensado, por ocultación y negocio. Me pregunto si una democracia sin pensamiento se puede considerar una democracia. Quizás lo que ahora venga, pues, solo sea la aceleración de un proceso de décadas que a estas alturas ya solo puede sorprender a los cuatro privilegiados que han conseguido esconderse los problemas incluso a ellos mismos.

stats