En 2026 ha empezado con un invierno crudo y persistente. Días grises, niebla espesa, lluvias incesantes, alertas de inundaciones, nieve en el Pirineo y un fuerte tiempo en el Empordà. Un frío que no es sólo meteorológico. Es también un frío moral que se cuela por las calles y los corazones mientras las guerras vuelven a ocupar las portadas y Europa asume una creciente militarización como un horizonte inevitable en un contexto de fragilidad democrática y crisis del estado de derecho. Como afirmaba en estas páginas Timothy Garton Ash: "Hemos entrado en una nueva era: un mundo postoccidental marcado por el desorden internacional iliberal". En nuestra casa, decenas de personas siguen durmiendo bajo el puente de la C-31, víctimas de la violencia institucional y de los discursos de odio, expuestas a la inclemencia del tiempo más duro del año. No somos impermeables: el frío penetra en las plazas, en los barrios y también en las aulas.
Las encuestas lo dicen y el profesorado lo constata: hay jóvenes que se radicalizan y buscan sentido en relatos extremistas, en Cataluña y en todas partes. En ese contexto, la pedagogía no puede ser neutral. La escuela se convierte, hoy más que nunca, en un espacio de resistencia democrática. En este sentido, el Plan para la Educación Democrática, presentado por el Govern en el marco de los 50 años de la muerte de Franco, apunta en la buena dirección: reforzar la memoria democrática, el pensamiento crítico y la participación ciudadana. Es una herramienta necesaria para proteger la escuela de un tiempo convulso que, inevitablemente, entra por los pasillos y se cuela en las aulas.
Más allá de las políticas públicas, sin embargo, es necesario que claustros y equipos directivos se doten de espacios reales de debate, reflexión y discernimiento moral. Ante determinados discursos y comportamientos, sea en el aula o sea en la relación con las familias, no bastan respuestas individuales de cada maestro. Es necesario compartir preguntas difíciles, a menudo sin una única respuesta, pero que interpelan los valores que sostienen la comunidad educativa. Poner límites claros, definir líneas rojas y hacerlo de forma colectiva forma parte de la responsabilidad educativa. Un profesor explicaba recientemente que en bachillerato ya no existen consensos básicos y que algunos alumnos expresan abiertamente ideas xenófobas o autoritarias. Una directora relataba la dificultad de gestionar a familias que cuestionan la diversidad entre los alumnos del centro. Otro equipo directivo quería posicionarse haciendo actos de solidaridad con Gaza, pero se planteaba dos retos fuertes: por un lado, que en el centro hay familias judías, y por otro, que hacer actos por Gaza evidenciaba la falta de actos sobre la brutal agresión rusa a pesar de que la escuela hubiera acogido a niños de familias. Estas tensiones no son anecdóticas: son el reflejo de un mundo en guerra que entra de lleno en la escuela.
En este contexto, un grupo de autores europeos ha publicado recientemente en elInternational Journal of Lifelong Education la editorial Peace education in times of war. Escrito a la sombra de la guerra de Ucrania, el texto defiende que es necesario repensar la educación por la paz superando una visión excesivamente confiada en el diálogo y la razón como antídotos suficientes contra la violencia. Herederos de la Ilustración y del proyecto de la Unesco, hemos educado durante décadas con la convicción de que la paz era la norma y la guerra una anomalía evitable. Pero la realidad actual muestra sus límites.
Educar por la paz no puede ser ingenuo. No preparar para afrontar la violencia organizada, la agresión autoritaria y la necesidad de defender a la democracia es una forma de abandono. La paz no es un valor abstracto, sino un proceso de conciencia crítica. Como advertía Paulo Freire, no hay educación neutral: educar siempre es tomar partido, y hacerlo desde la toma de conciencia. Es leer el mundo para poder transformarlo. Kant ya dijo que la paz no es un estado natural, sino una construcción moral y política que exige responsabilidad.
Es, pues, urgente avanzar hacia una pedagogía de la resistencia: una educación que no glorifique la guerra ni renuncie a la no violencia, pero que afronte dilemas éticos reales de nuestro tiempo como la necesidad de defender la democracia y los derechos humanos frente a las agresiones. En tiempos de guerra y propaganda, educar por la paz también significa educar para la verdad: para discernir, para no normalizar la violencia impuesta ni aceptar relatos simplificadores o deshumanizadores. ¿Cómo ser solidarios con quienes se defienden de empleos ilegales y limpiezas étnicas? ¿Cómo defender la libertad sin menospreciar la dignidad humana? ¿Cómo sostener la verdad cuando triunfa la propaganda y la manipulación?
El viernes de la próxima semana, treinta de enero, aniversario de la muerte de Mahatma Gandhi, es el día escolar de la no-violencia y la paz. Cada maestro, cada claustro afronta un reto. Educar por la paz, hoy, significa asumir preguntas al rojo vivo y hacerlo con lucidez y coraje. Los autores de Peace education in times of war alertan de que educar por la paz sin afrontar los conflictos reales —como la guerra impuesta en el corazón de Europa— puede acabar convirtiendo a la pedagogía en un relato desconectado de la vida.