Lamine Yamal, aplaudiendo a la afición de España tras eliminar a Portugal en el Mundial
19/07/2026
Periodista
2 min

La víspera de la final del Mundial de 2010, cientos de miles de catalanes se manifestaron en el paseo de Gracia contra la sentencia que el Tribunal Constitucional acababa de emitir sobre el Estatut. Las portadas de aquel domingo eran bastante gráficas: una enorme protesta catalana y, al lado, una enorme esperanza española, debida en buena parte al talento de jugadores hechos en el Barça.Dieciséis años después, la historia ha vuelto a repetirse con sabor a recalentado: la indiferencia de la justicia española ante la sentencia del TJUE sobre la amnistía, y la noticia de que el gobierno español invirtió el año pasado más del doble en Madrid (20,9%) que en Cataluña (8,6%) han llegado al mismo momento en que los diarios de todo el mundo explicaban en portada la historia de dos jugadores formados en La Masia que se han convertido en los iconos del Mundial, con la selección española a un palmo de la gloria.En términos de poder político y económico, pues, estamos donde estábamos, y eso que probamos de hacer una impresionante escapada en solitario. Lo mismo se puede decir de España, que está donde estaba, yendo a su bola, dueña de la pelota, que combina dos juegos: o represión o palos y zanahorias, ambos con un resultado similar: a pesar de rozar el 20% del PIB español con una mano atada a la espalda, lo cual es de un mérito remarcable, el estancamiento de los catalanes es un hecho.La represión o el palo y la zanahoria se dan por descontados. La variable que ha de cambiar para que cuando llegue otro Mundial no tengamos que repetir portadas es la de saber convertir nuestra probada capacidad en tantos ámbitos en una estrategia para el poder político, y el primer paso debería ser una concertación de intereses que se lo ponga más difícil a los amos de la pelota.

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