La primera crisis del petróleo, la de 1973-1974, acabó generando, especialmente en el mundo occidental desarrollado, una situación que se definió como "estagflación", o sea, simultaneidad del estancamiento económico y de la inflación. Se venía de un mundo donde los dos conceptos eran bien opuestos, dado que se luchaba contra el estancamiento con políticas expansivas que eran inflacionarias y la inflación se podía reducir con políticas de estabilización (o sea, de estancamiento o contracción). La repetición de políticas expansivas simultáneas a la existencia de una fuerte inflación de la oferta —el aumento del precio del petróleo se producía por causas extraeconómicas sobrevenidas—, acabó suponiendo que las políticas de estímulo de la economía no sirvieran de nada. Solo se obtenía el mismo estancamiento que se quería combatir, pero con el añadido de la inflación.
La estagflación fue el fantasma que recorrió el mundo desarrollado durante la segunda mitad de los años setenta del siglo XX. Acabó poniendo en cuestión las políticas keynesianas de estímulo de la demanda y abrió el paso a políticas de oferta, que fueron protagonizadas por gobiernos de derecha liberal.
¿Puede volver a pasar? Hay riesgos claros por el lado del estancamiento económico. El encarecimiento súbito de fuentes de energía y materias primas ampliamente utilizadas causa una reducción de la actividad económica. El intento de suavizar el impacto mediante subvenciones públicas tiene un recorrido limitado. Como ya son muchos a recordarlo, intentar apagar el incendio del incremento de los precios del petróleo, el gas natural y los principales abonos con subvenciones al consumo es un grave error. Es fácil políticamente, pero tenemos tantos precedentes que evidencian lo negativas que pueden ser estas políticas que da miedo que aún se justifiquen.
El encarecimiento del petróleo y de las primeras materias directamente afectadas por las destrucciones de la guerra del golfo Pérsico es un hecho real y no simplemente especulativo. Se ha destruido mucha capacidad extractiva, mucha capacidad industrial (refinadora y procesadora) y mucha capacidad transportadora. En la mejor hipótesis se tardará años en reconstruirlas. Las pérdidas no solo afectan a los propietarios —estados, empresas o particulares—, sino que también cargan sobre todos los consumidores, intermedios o finales. Subvencionar un producto que ha devenido más escaso para un período largo es una mala solución. Más vale hacer lo que se pueda para sustituirlo por otros productos o reducir su consumo.
La confusión sobre las políticas a adoptar lleva, casi inevitablemente, al estancamiento sin poder evitar la inflación. Hay que aprovechar las desgracias causadas por la guerra del Golfo para incentivar el cambio de modelo productivo en la medida de lo posible. Si el petróleo y el gas natural se encarecen durante un período de tiempo largo, tratemos de consumir menos. Dejemos que el precio nos indique qué debemos ahorrar. Si lo hacemos podremos devenir más competitivos y recuperar capacidad de crecimiento. Si otros productos se encarecen, tratemos de sustituirlos. Pero no los subvencionemos, por favor. Las subvenciones se deben guardar para las personas que las necesiten, no para las cosas.
El abuso de las subvenciones a las cosas (los productos que escaseaban) fue uno de los grandes activadores del giro neoliberal de finales de los años setenta y principios de los ochenta. La capacidad recaudatoria del estado y su capacidad de endeudamiento eran tan grandes que parecía que todo lo podían. Pero no era así: en pocos años las deudas acumuladas fueron inmanejables por cantidad y precio, y la competitividad de los países consumidores se derrumbó. Hubo que volver a la ortodoxia contable y financiera, que no falla, pero que puede ser políticamente muy antipática.
No sabemos qué pasará. Trump es impredecible, pero queda claro que se ha metido en un avispero del cual le será difícil salir. Los acuerdos del miércoles pueden no durar nada. O sea, la guerra se puede alargar, esperando siempre que el último día esté cerca. Pero cada día de guerra aumentan las destrucciones de capital productivo, que empobrecen a sus propietarios y encarecen los bienes que producían para todos los consumidores.
Disponemos de fuentes energéticas alternativas. Promovámoslas y optimicémoslas. Prestemos atención a qué sería mejor dejar de producir dado su coste y prestemos atención a la dependencia de proveedores lejanos y en guerra. Aprovechemos la coyuntura bélica para cambiar nuestra oferta, poniéndola al día. Seamos conscientes de que cuando hay guerras, nuestro país suele ser considerado un refugio seguro. Aprovechémoslo. Mientras tanto, esperamos que la situación no se deteriore más.