1. Hemos visto cosas ridículas en la historia del fútbol –territorio adecuado para que los egos necesitados de reconocimiento se dejen ir–, pero que Donald Trump pidiera al presidente Infantino que se retirara una tarjeta roja a Balogun, delantero de la selección de los Estados Unidos, y que la orden se ejecutara inmediatamente bate récords de frivolidad y de indecencia. De Trump no sorprende, porque hace ya años que se exhibe y que pone por delante su convicción de que todo le está permitido, de que para él no hay límites, pero se ve que es un vicio que contamina. La anécdota llega en un momento en que las contradicciones a las que le ha llevado su ego descontrolado están generando un desprestigio acelerado que ya repercute directamente en los Estados Unidos, donde se extiende la toma de conciencia de la irresponsabilidad del presidente. El hacer y deshacer con que actúa hace que, por ejemplo, en Venezuela apoye hoy a los que ayer quería tumbar, o que en Oriente Próximo el impás al que le han llevado sus delirios esté dando vida al régimen totalitario de los ayatolás iraníes, que han frenado bruscamente sus desatinos poniéndolo en evidencia como lo que es.
La primera potencia mundial se ha entregado a una persona que no tiene empatía con la realidad, que es incapaz de ver las cosas como son porque no conoce nada más que sus propias fantasías, y que está convencida de que nadie puede pararle los pies a pesar de que ya ha tenido unos cuantos tropiezos. Su imagen decae exponencialmente: habrá que ver qué señales dan las próximas elecciones de medio mandato. Pero sorprende que las instituciones americanas reaccionen tan tímidamente.
2. Nada es casual. Y es evidente que si el caso Trump ha sido posible es porque estamos en un momento de cambio acelerado, y los nuevos poderes reales, surgidos de la mutación radical del sistema económico y social, están provocando rupturas y desconciertos que generan confusión y que todavía no sabemos hasta dónde pueden llevar a las instituciones americanas, y de rebote al resto del mundo. Solo desde la ceguera mental se puede negar la evidencia de que las democracias occidentales se deterioran día a día, atrapadas en un cambio de modelo que se traduce en una regresión democrática generalizada, mientras China construye, a su aire, un asalto a la hegemonía mundial.
Quien no lo ve es porque no quiere. Cada día se degradan un poco más las instituciones morales que daban vida, sentido y valores a las democracias occidentales. Se las pudo proteger de la ofensiva del comunismo totalitario (la caída del Muro de Berlín es emblemática) y se pudo abrir espacio en los países del Este. Pero ¿qué se ha hecho hoy de las instituciones morales de Occidente, las que marcaban la diferencia entre las democracias liberales y los regímenes totalitarios, las que daban y dan todavía sentido a una cierta tradición cultural que, con sus limitaciones, hacía de Europa un lugar especial de reconocimiento de la condición humana?
¿A qué instituciones me refiero? A la intimidad: el reconocimiento a las personas de un espacio propio inviolable. A la libertad de expresión, que permite compartir la palabra mediante el diálogo, la confrontación noble entre personas que se aceptan mutuamente. A la mezcla: la posibilidad de compartir y avanzar desde tradiciones y culturas diferentes, sin discriminaciones. Al respeto a las minorías: el derecho a expresarse y encontrarse con la naturalidad del reconocimiento mutuo. Al laicismo: la neutralidad del espacio público, desde el reconocimiento hasta la diversidad de ideologías y creencias. A la universalidad: la gran diversidad humana converge en una condición común como especie, sin que se imponga una ideología o creencia oficial. Al sentido trágico: la precariedad de la condición humana, que hace que no todo sea posible. En resumen, al cosmopolitismo de la diversidad: del "nosotros o vosotros" al "nosotros y vosotros". Somos una sola especie y compartimos, al menos de momento, un solo planeta. ¿Qué es lo que provoca la incertidumbre? La aceleración con pérdida del sentido de los límites: creer que todo es posible y que la libertad –la capacidad de pensar y decidir por uno mismo, como decía Kant– es patrimonio de unos pocos.