BarcelonaSi una empresa, un científico, un cocinero, una médica o una arquitecta fracasaran continuamente, ¿cambiarían su manera de trabajar? Probablemente sí, ¿verdad? Pues eso es lo que debemos hacer urgentemente con la escuela.
Se trata de analizar qué no funciona y hacer cambios. Pero hacerlos con vocación de permanencia. Cataluña no necesita una reforma más, inspirada por una voluntad pendular, sino detenerse -analizar todo aquello que ya sabemos, porque nuestro sistema educativo está sobrediagnosticado-, copiar bien de los casos de éxito internacionales e invertir recursos en ello. Si puede ser, el proceso de transformación debería hacerse unitariamente, rápidamente y sin espectáculo añadido, porque el fracaso educativo es tan estrepitoso y hace tantos años que dura que muy poca gente se puede colgar medallas.
La pregunta principal hoy es esta: ¿qué es exactamente lo que queremos que una persona sepa cuando sale de la escuela?
Parece fácil, pero no lo es. Nos hemos acostumbrado a explicar qué debe saber hacer: pensar críticamente, trabajar en equipo, resolver problemas, comunicarse, ser creativo. Todo muy necesario. El problema aparece cuando preguntamos: ¿pensar críticamente sobre qué?
Para entender a Trump hay que saber algo de la historia de los Estados Unidos y de economía. Para entender a Putin hay que conocer la Unión Soviética, Rusia y Europa. Para entender una sequía hay que saber algo de meteorología y clima. Para detectar desinformación hay que tener información. Para decir algo tienes que tener algo que decir. Para hacer operaciones complejas es mejor saber multiplicar.
También habrá que aceptar que la memoria es una de las herramientas de la inteligencia y no una forma de opresión.
El debate sobre los resultados de PISA, que han dejado en evidencia los peores resultados jamás vistos en España y un marco de caída generalizada en los países de la OCDE, no es estrictamente pedagógico. Porque la escuela no reparte solo conocimiento. También reparte oportunidades.
No exigir a los alumnos que den lo mejor de sí mismos y rebajar el nivel no beneficia a nadie. La exigencia no es una idea conservadora. Hay pocas cosas más desiguales que una escuela que exige poco, porque en casa y en las extraescolares los alumnos con mayor nivel adquisitivo desempatarán.
Por no hablar de las familias que abandonan la escuela pública en dirección a la escuela concertada o privada haciendo que en la pública se concentren los alumnos con mayor complejidad social.
La escuela necesita también más y mejores profesores. Los suficientes para atender la diversidad y enfocados en la transferencia de conocimiento más que en “acompañar el aprendizaje”. Los niños pueden deducir y pensar, pero no descubrirán espontáneamente la fotosíntesis. Alguien que sabe más cosas que los estudiantes les enseña y les guía. Al mismo tiempo que hace falta recuperar el prestigio y el respeto al profesorado, y también su autonomía y la capacidad de los directores de elegir a los profesores. Estas competencias que garanticen la autonomía de los centros no están reñidas con tener resultados del trabajo hecho y procurar que la calidad del profesorado comience con la exigencia en su acceso a la universidad y al sistema.
Si hay una palabra maldita, esta es autoridad. Hemos tenido miedo de la palabra porque recordábamos demasiado el concepto del autoritarismo. Es comprensible, en un país donde los castigos físicos en la escuela no están tan lejos. Pero entre una escuela cuartel y un aula donde el profesor pasa media hora intentando conseguir silencio o un minuto de concentración hay bastante territorio.
No creo que la educación pueda reducirse a exámenes y currículos. Una escuela educa personas, no solo produce resultados. Pero a veces utilizamos esta verdad para evitar otra: también debe producir aprendizaje. Hace años que los datos nos avisan. Cada nueva prueba confirma algo que ya sabíamos y cada vez reaccionamos con una mezcla de sorpresa institucional y fatalismo. Cuando algo no funciona, cambiamos el currículo. Después cambiamos la evaluación. Después explicamos que lo importante no es tanto el resultado como el proceso. Y finalmente llega PISA y nos recuerda, con la delicadeza habitual de los números, que los procesos también deberían conducir a algún lugar. Podemos elegir cinco prioridades: lectura, matemáticas, conocimiento, buenos profesores y evaluación. Pueden ser otras, las que consideren los mejores actores de la comunidad educativa, pero debemos mantener el rumbo. No durante dos cursos. Ni hasta el próximo consejero. Durante diez años.