Como estoy en una época de hacer fechorías, en la que siento que tengo que hacer todo aquello que no he hecho antes (tirarme en paracaídas, hacer el Camino de Santiago, hacerme un tatuaje), decido que cogeré los infalibles ferrocarriles para ir a Terrassa y, desde allí, cogeré la peligrosa Renfe hasta mi pueblecito bagenc. Mi hija me lo dice: “No tienes edad para ir haciendo locuras como si tuvieras quince años”. Ella no se atreve. Antes hará autoestop y se dejará coger por uno de esos criminales que embaucan jovencitas que dejarse coger por la Renfe.
Intento pagar el billete, pero la máquina elegida se niega. Cuando se lo pido, se pone fuera de servicio. La otra hace lo mismo. Ninguna persona, ningún robot puede ayudarme. Pongo en el lector (electrónico, sí) una tarjeta de saber dios qué. Paso.
Una vez estoy dentro, ya oigo la megafonía ilusionante. “Los trenes de la línea R4 van con retraso de más de veinte minutos”. Más de veinte minutos es etéreo. Pueden ser veintiún minutos o setecientos tres minutos. Pero no desfallezco, porque tampoco sé si mi línea es la R4. Una vez en el andén, llega un tren, con toda la fanfarria que procede. Usuarios felices, informadores aún más felices. Va a Manresa. Me lanzo de cabeza. Mi supuesto tren debía llegar a y cuarenta, y ahora son y treinta, pero no lo dejaré escapar. Me subo. Busco un enchufe para el móvil. Ay no, que estamos en Cercanías. Me siento. El tren no se mueve. Me miro al resto de compañeros de travesía, que muestran la expresión –dormida y alerta– de los corderos en el camión del matadero. ¿Será capaz el conductor del tren de salir a la hora programada? ¿A y cuarenta?
Pues sí. A y cuarenta el tren se pone en marcha. Sonrío beatífica. ¿Son patrañas, eso que dicen de la Renfe? “Vamos a la hora, ¿no?”, le digo a una mujer que está sentada a mi lado. “¡Uy!”, hace, sonriendo. “Según cómo se mire. Este tren es el que tenía que venir hace una hora. Llega a la hora, pero del de la hora siguiente, que no sabemos cuándo llegará”.