Cuando Alberto Núñez Feijóo llegó a Madrid, lo hizo con la aureola de un gestor solvente, moderado y previsible. Venía de gobernar Galicia con todo bajo control y cuyo perfil dialogante parecía ideal para recuperar el centro que Pablo Casado había derrochado en su naufragio a la dirección del PP. Feijóo era entonces el símbolo de una derecha que quería volver a ser seria, capaz de inspirar confianza en las clases medias y de aparecer como una alternativa a Pedro Sánchez.
Cuatro años después, aquella expectativa se ha deshecho como un azucarillo. Núñez Feijóo pilota un barco que no tiene rumbo y se mueve según soplan los vientos que llegan de la ultraderecha. Sin un relato propio, el PP está atrapado entre el miedo a perder votantes conservadores y la incapacidad de construir un discurso de centro, lo que regala espacio a la ultraderecha.
El Partido Popular vive hoy en una contradicción permanente: quiere ganar al PSOE, pero habla solo al votante de Vox. Mientras intenta amplificar los errores y la fatiga del gobierno de Pedro Sánchez, no logra proyectarse como alternativa de gobierno. Su voz suena gastada y lejana, marcada por la obsesión contra Catalunya y por la repetición mecánica de unas mismas fórmulas agresivas que ya nadie interpelan.
La campaña permanente del PP es un ejercicio de antipolítica revestido de seriedad institucional. Todo gira en torno a la figura de Pedro Sánchez, como si el rechazo al presidente fuera, por sí solo, un proyecto político. Pero después de tantos meses de intentar capitalizar el cansancio de muchos ciudadanos, Feijóo sigue sin inspirar ni entusiasmo ni confianza. Los votantes lo perciben como un hombre gris, que está incómodo en la retórica de confrontación e incapaz de contar a la gente por qué él sería mejor presidente que los demás, que quiere el poder por el poder.
Mientras, Vox ha sabido ocupar el espacio emocional que el PP ha dejado vacío. Santiago Abascal y los suyos llevan el discurso del populismo simple, cargado de eslóganes y de indignación impostada, a un electorado necesidad de certezas inmediatas. El relato es fácil: el Estado está secuestrado, las instituciones son corruptas y la unidad de España está amenazada por inmigrantes, feministas e independentistas. Ante esto, Feijóo se debate entre la tentación de imitarlos y el temor de enfrentarse a ellos.
Los recientes ejemplos de Extremadura o Aragón son claros: el PP convoca elecciones para tener una mayoría más amplia y deshacerse de Vox, pero el resultado es exactamente lo contrario, ya que cada día que pasa es más rehén de Vox. Los acuerdos de gobierno, diseñados como pactos de conveniencia, acaban dando a la ultraderecha el altavoz que necesita para marcar agenda y acondicionar las políticas públicas. Mientras Feijóo intenta mantener una imagen institucional en Madrid, su partido es en las comunidades autónomas un campo de pruebas para el ideario ultra.
En las filas del PP, sólo en la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, con su carisma populista y una estrategia oportunista, logra retener a los votantes que en otros lugares seduce a Vox. La paradoja es que Feijóo querría ser Ayuso, pero sin asumir su papel. Pretende parecer moderado mientras practica la política de agitación que domina Ayuso, pero eso no funciona. Núñez Feijóo se ha convertido en una mala copia de Abascal y, por eso, cada vez más recurre a imitaciones grotescas del discurso populista haciendo cosas como abrazarse al telepredicador Vito Quiles, a golpe de talonario, para intentar certificar que la ultraderecha juega en su equipo.
En el horizonte se ven nubes muy negras si la agenda política la marca la ultraderecha, como ocurre en las autonomías donde Vox es decisivo. Sólo un milagro, con una movilización histórica del voto progresista -que ahora mismo no se ve por ninguna parte- podría revertir la inercia imparable hacia una mayoría de PP y Vox en España. El futuro que nos espera a partir del 2027 es un gobierno con Feijóo de presidente y Abascal de vicepresidente y un grupo de ministros en Hacienda, Educación, Interior o Infraestructuras que discreparán en muchas cosas, pero que enseguida estarán de acuerdo en utilizar a Catalunya y los catalanes como munición para tapar tanta miseria política. Con este panorama, no es difícil adivinar que volverán los tiempos del ¡A miedo ellos!