El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, durante la sesión del Congreso de los Diputados del miércoles 24 de junio.
30/06/2026
Filósofo
3 min

Hay chistes que, además de ser grotescos, ponen en evidencia. Un ejemplo reciente: la pretensión de Feijóo de que el partido que gane las legislativas tenga un "plus" de recompensa en forma de recibir como regalo entre 20 y 50 escaños añadidos que, si se hubieran votado, habrían ganado otros partidos. Es decir, forzar la mayoría absoluta por imperativo legal, y ahorrar de esta manera al ganador tener que buscar socios y hacer compensaciones.

De hecho, la propuesta es tan ridícula que se puede liquidar rápidamente: no cabe en la Constitución; por lo tanto, sería necesario un proceso de reforma previa que debería pasar por una mayoría absoluta que requeriría el acuerdo entre PP y PSOE. Dicho de otra manera, la votación sería el primer acto de una mutación institucional que convertiría el régimen en bipartidista de hecho, y dejaría a los otros partidos sin capacidad de influencia en la práctica. Un revuelo que ahora mismo no parece que pueda interesar a alguien más que al PP ni que encuentre la ciudadanía muy motivada. Y menos que a nadie el PSOE, que no tiene ningún motivo para hacer un regalo a la derecha en plena deriva autoritaria. Es decir, por puro interés de grupo —y sobre todo personal de Feijóo— el PP daría un paso hacia una restricción manifiesta de la base de la democracia, el voto, falseando la decisión de los votantes por la vía que el partido ganador multiplicara sus escaños y, por lo tanto, restara poder a los otros.

La maniobra es tan burda que parece imposible que el PSOE pueda caer en la tentación. Seguro que hay un sector de herederos del felipismo que soñaría con esta fórmula de convertir en marginales al resto de partidos: todo para el PP y el PSOE. Pero no es en la música de Sánchez que Feijóo puede encontrar acompañamiento: haría falta una gran sacudida en el seno del PSOE, retomando algunos vicios del tardofelipismo, del cual Sánchez se ha distanciado manifiestamente en su intento de actualizar la socialdemocracia, que a una parte de los suyos les cuesta asumir.

La iniciativa de Feijóo es tan transparente que las razones se ven de lejos. La primera y principal, a raíz de la ola reaccionaria que recorre Europa, es poner una cortina sobre la dependencia de Vox buscando que losescaños de regalo al PP lo envíen a la irrelevancia y asumiendo, directamente, el giro hacia el autoritarismo postdemocrático sin abusar de las formas y el ruido de la extrema derecha. La segunda, marginar a los partidos minoritarios y reducir la capacidad de influencia de los nacionalismos periféricos. Dicho de otra manera: encapsular la política española restando relevancia al voto de los partidos de las naciones periféricas, que perderían capacidad de influencia y de negociación. Y la tercera, integrar sin ruido a la extrema derecha, a remolque del PP. Es decir, ante la incapacidad de dar voz y forma a un proyecto político de amplio espectro en el espacio conservador, degradar la representación democrática conescaños de regalo, que casi pueden garantizar la mayoría absoluta sin grandes compromisos.

Feijóo teme que no llegará a la mayoría por sí solo y busca una propina en forma de escaños, es decir, acomodar el Congreso a los dos grandes partidos y no a la realidad del país y reducir la política a una lucha PP-PSOE en la que el que gana tiene propina y puede prescindir de los otros. A esto lo llaman democracia, cuando las sociedades son cada vez más complejas y las simplificaciones asfixian. Feijóo no se ha ganado autoridad ni prestigio mediante un discurso agresivo con el adversario pero ausente de proyecto concreto por miedo a la extrema derecha, y ahora quiere forzar la Constitución para protegerse de su presión y modificar impunemente la representación democrática. A falta de votos busca que le regalen escaños. Y lo disfraza de reivindicación patriótica. Patético.

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