En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt alertó contra una sociedad dividida en dos bandos: quienes creen en la omnipotencia —capaces de organizarse para poner orden al caos imperante (si hace falta, por la fuerza)— y quienes viven la experiencia del más profundo desamparo.
Integrarse en el bando de los fuertes alivia. Quizás los jóvenes que se apuntan a los movimientos neofascistas, levantando el brazo sin vergüenza, están en este lugar, en un mundo convulso en el que los valores absolutos hace tiempo que flaquean. Ante las inseguridades que les habitan, rechazan sufrir por causa de los demás o hacerse preguntas. Identificarse con un ideal fuerte, sin fisuras, es muy útil para olvidar las incertidumbres que interrogan el ser de cada uno. Poco a poco, esta identificación masiva aumenta la renuncia a la propia identidad singular, que no se quiere admitir subjetivamente y que se acaba perdiendo para confundirse en el grito colectivo, en la autoafirmación como forma de ignorancia. Por eso, se considera al forastero en un sentido literal: quien viene de fuera. Solo quieren saber quién es, como ellos, dentro.
En el contexto de una ideología política que divide el mundo entre los forasteros y nosotros, la palabra forastero adquiere una función un poco peligrosa. Dice Joan Coromines que la palabra proviene del latín foraneus, que quiere decir extraño; de ahí furro: persona de mal carácter, solitario, huraño. Un forastero no es solo alguien que viene de fuera, geográficamente hablando. También es alguien que busca y no encuentra su lugar. Decir forastero es una manera de decir que el otro es —o se nos hace— extraño. A veces lo encontramos en lo más íntimo del lugar donde vivimos. Aquí la connotación resulta interesante. Los más extraños (o forasteros) pueden ser gente cercana: los hijos, o la pareja, que tantas veces resultan incomprensibles. Incluso todos nosotros, de alguna manera, somos forasteros respecto de nuestra propia historia, en la medida en que tomamos consciencia de ella. Entonces nos preguntamos: ¿quién soy yo, de verdad?
El joven que participa en el movimiento neofascista o fundamentalista va contra los forasteros con la condición de evitar esta pregunta para sí mismo. El rechazo del forastero permite moverse en bloque sin diálogo ni matices que difuminen el horizonte de la fuerza o la certeza precariamente conquistada.
De la misma manera que el fascismo o el fundamentalismo crece con la exclusión de la diferencia del otro, su prevención (o su salida) incluye, precisamente, hacerse un poco forastero, sobre todo para sí mismo, dándose cuenta de que entre el adentro y el afuera surge la necesidad de protección y de relación, una parte intrínseca de la propia vulnerabilidad (de vulnus, herida, como nos recuerda el filósofo Miquel Seguró). En este programa de desintoxicación social urgente, todo el mundo tiene que participar: las familias, el vecindario, el centro de ocio, la escuela y la universidad, el impulso de una sociedad civil como la que hemos vivido históricamente en Cataluña, de asociacionismo y de excursionismo, de orfeones y de grupos de escultismo, de sociedades culturales; ámbitos donde todo el mundo tiene un papel singular sin dejar de formar parte del todo.